Publicidad

Volver al ritmo

Sigue a El Espectador en Discover: los temas que te gustan, directo y al instante.
Madame Papita
23 de enero de 2026 - 05:00 a. m.
Resume e infórmame rápido

Escucha este artículo

Audio generado con IA de Google

0:00

/

0:00

La temporada de vacaciones tiene algo de irreal. Los horarios se desdibujan, las comidas se estiran, los antojos mandan y el cuerpo, feliz pero no ingenuo, luego de un tiempo empieza a pedir tregua. Volver a la normalidad no es castigo ni penitencia; es un acto de cuidado, es entender que el descanso también se honra regresando al equilibrio, ajustando el paso y escuchando lo que el cuerpo, la casa y el bolsillo nos están diciendo.

Después de semanas de excesos, porque sí, todos en mayor o menor medida caemos, el retorno a una dieta más saludable se vuelve una necesidad práctica. Menos azúcar, menos fritos, menos improvisación. Más agua, más verduras, más comidas pensadas. No se trata de dietas extremas ni de promesas imposibles. Se trata de volver a lo básico, a lo que sabemos que funciona: la olla que rinde, el mercado bien hecho, la cocina como espacio de orden y no de culpa. ¡Este año sin promesas impensables, con cara de uvas del 31!

Este regreso al ritmo también se siente con fuerza en los hogares, a medida que los niños vuelven al colegio. La lonchera vuelve a la escena como un pequeño ejercicio de planeación diaria: que sea nutritiva, que alcance, que les guste, que no se desperdicie. El reto no es menor. Las familias hacen malabares para ajustar presupuestos en enero, pero aun así buscan ofrecer opciones más equilibradas, incluyendo frutas, proteínas sencillas y carbohidratos bien escogidos. Después de todo, más que comida es energía para aprender, concentrarse y crecer.

La lonchera, como la mesa de la casa, es un reflejo del país que somos. Uno donde la mayoría cuida peso por peso, donde se prioriza lo esencial y se intenta hacer más con menos. Y ahí es donde la conversación deja de ser doméstica y se vuelve pública, porque mientras muchas familias hacen ese esfuerzo silencioso, hay miles de niños para quienes la alimentación escolar no es un complemento, sino la base de su día.

El Programa de Alimentación Escolar, el famoso PAE, no es un favor ni un gasto menor: es una inversión directa en el desarrollo de los niños y, por extensión, del país. Para muchos estudiantes de colegios públicos esa comida es la única segura del día. No es retórica; es una realidad que se repite en zonas urbanas y rurales, en contextos donde la comida no siempre alcanza y donde aprender con hambre es una desventaja que nadie debería cargar.

Ojalá el Gobierno Nacional entienda, de una vez por todas, la dimensión de esta responsabilidad. Garantizar el PAE no es solo cumplir un contrato: es asegurar continuidad, calidad y cobertura real de alimentación. Es entender que una alimentación adecuada impacta el rendimiento académico, la salud física, la atención y hasta la permanencia en el sistema educativo. Un niño bien alimentado tiene más oportunidades de aprender; un niño con hambre está condenado a empezar siempre desde atrás y con menos herramientas.

Volver a la normalidad, entonces, no es solo un asunto individual. Es una conversación colectiva sobre cuidado, prioridades y decisiones. Así como ajustamos nuestras compras y menús después de las vacaciones, el país también debería ajustar su mirada sobre lo esencial. La alimentación —en casa y en el colegio— no puede ser el primer rubro que se recorta, ni el último que se garantiza.

Enero siempre llega con esa mezcla de resaca emocional y ganas de empezar bien. Aprovechemos ese impulso para ordenar, para cuidar, para sembrar y para exigir lo que corresponde. Menos excesos, más conciencia. Menos ruido, más acciones concretas. Menos verdades acomodadas al discurso más acciones contundentes. Porque la verdadera normalidad no es volver al caos de siempre, sino construir rutinas que nos sostengan: en la mesa, en el colegio y en el futuro de nuestros niños.

Último hervor. Hoy invertí un poco el orden, pero no podía dejarlos sin un recomendado útil y delicioso para este inicio de año. Habana 93 (@habana93) demuestra que la tradición también sabe adaptarse a los nuevos ritmos de la ciudad. Con su propuesta “lunch de mediodía”, el restaurante consolida lo que ha construido durante 18 años en el Parque de la 93: una cocina caribe honesta, generosa y profundamente reconfortante, pensada para el día a día sin perder sabor ni identidad. Una propuesta accesible, bien ejecutada y cargada de memoria, que entiende que el verdadero lujo del almuerzo está en comer bien, con calma y con sazón.

@madamepapita

Conoce más

Temas recomendados:

 

DIEGO ARMANDO CRUZ CORTES(25270)25 de enero de 2026 - 04:22 p. m.
Con el almuerzo ejecutivo a $25.000 no hay duda que la loncheras y las cocas volverán a las oficinas y las cocinas se encederán en las noches para preparar la comida del siguiente día. El resurgir de la comida casera no hay otra salida.
juanmi31(37703)23 de enero de 2026 - 03:26 p. m.
Papita sería conveniente que cuando anuncie un restaurante no estaría de más que adicionara los precios para que quien quiera investigar sepa a qué atenerse en cuanto al presupuesto.
David Valencia Cuellar(0vhxw)23 de enero de 2026 - 02:23 p. m.
Que buena tu columna y tu mención del PAE, SINAlimentacion adecuada no habrá aprendizaje ni futuro para el país, tiene que haber una olla QUE Rinda para todo el país.
Tulio Claudio (70717)23 de enero de 2026 - 01:51 p. m.
En el 2026 me quedo con esta Papita. Qué sencillez programática. Ningún canto a la bandera, ninguna papa caliente, todo sencillo como el agua pura de canilla, verduras, proteinas, y carbohidrátos, alegría serena, sin ostentación, para poder llegar al crematorio con una buena salud mental.
El Espectador usa cookies necesarias para el funcionamiento del sitio. Al hacer clic en "Aceptar" autoriza el uso de cookies no esenciales de medición y publicidad. Ver políticas de cookies y de datos.