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Hace 50 años que murió el gran poeta León de Greiff y con él se perdió una voz única en el panorama lírico de nuestro idioma ya que fue uno de los poetas más singulares del Parnaso colombiano y tal vez de toda la literatura española. En su obra se apartó de todas las corrientes y de su imaginación surgieron mundos de personajes imaginarios en donde se combinaban arcaísmos al lado de neologismos y donde se alojaba un sentido del humor combinado con algo de sarcasmo que hacen de sus creaciones algo sin paralelo en ninguna cultura.
Leer a León de Greiff, sobre todo en voz alta, muestra cómo en el verso puede haber música y todos sus alter ego como Sergio Stepansky, Gaspar de la Noche, Leo Legris y muchos más que coexisten en su poesía permiten adentrarse en un mundo diferente, lleno de encanto, de romance y desde luego, de risas. Su obra no solo usa las imágenes sino también el ritmo y la música y esto caracteriza sus poemas. Ellos son, por tanto, música en palabras y no hay paralelo en la literatura de ninguna cultura de la manera brillante como destacó el valor sonoro del idioma. Claro está que esto se explica porque era un profundo conocedor del arte musical. Incluso sus prosas son música oculta y que se leen una y otra vez, encontrando siempre algo nuevo en ellas. León de Greiff no buscaba la facilidad ni el aplauso, sino que invitaba al lector a explorar un laberinto donde cada verso ofrecía nuevas resonancias.
A medio siglo de su muerte, sus creaciones siguen vigentes porque dejan constancia de que la poesía también puede ser juego, ironía, erudición y libertad creadora. En su obra, la propuesta es el placer de escuchar su música y aceptar el reto de algo que nunca deja de sorprender. Esa es la definición de un gran artista.
