Hace unos días, en una casa de subastas, se vendió un cuadro de Jackson Pollock por casi 200 millones de dólares. Este cuadro fue hecho con la técnica llamada dripping, o pintura por goteo, en la que se coloca un lienzo en el suelo y se aplica pintura mediante salpicaduras, chorreados o incluso latas perforadas por las que sale la pintura. Puede parecer un procedimiento aleatorio, pero dicen que su mérito artístico no reside en el caos, sino en el control del movimiento, el ritmo y la relación espacial entre los elementos, o sea que convierte los gestos físicos del creador en parte de la obra. Eso dicen y muchos lo aceptan como modo de expresión, aunque para otros, el resultado no es sino una cantidad de manchas sobre un lienzo. Sea como fuere, ese precio descomunal no ha logrado desplazar lo que un jeque petrolero pagó por un supuesto Leonardo, llamado Salvator Mundi, cuya autenticidad es aún discutida. Para poner un contraste, a Picasso le pagaron 200 mil francos por “Guernica”, que, si alguna vez pudiera venderse, podría valer, con ese criterio, cientos de millones de dólares. De hecho, Picasso no quería cobrar, pero el pago terminó teniendo la función legal de dejar constancia de que la obra había sido comprada por el Estado español y así evitar futuras disputas sobre su propiedad.
La verdad es que cada época tiene sus excesos. Los romanos hacían banquetes extravagantes, los monarcas europeos levantaban palacios que desafiaban la lógica, pero nuestra era parece haber decidido competir en otro terreno: el del precio del arte. Las subastas se han convertido en escenarios donde las cifras alcanzan niveles que rozan lo absurdo. La pregunta ya no parece ser cuánto vale una obra, sino hasta dónde puede llegar una puja antes de que desaparezca cualquier relación entre el valor artístico y la cantidad de dinero. Es inevitable preguntar si se está comprando una pintura o es simplemente un símbolo de prestigio, ya que una vez que una obra alcanza cifras que podrían financiar hospitales, universidades o programas científicos, el debate deja de ser artístico y comienza a ser social. No se discute que ciertas obras poseen un inmenso valor cultural, pero hay una diferencia enorme entre el reconocimiento cultural y la especulación económica. Pareciera que el precio de una obra aumenta menos por lo que es, que por lo que los millonarios la desean.
Puede ser que Oscar Wilde tuviera razón cuando decía que hoy conocemos el precio de todo y el valor de nada. Tal vez el problema no sea que una obra cueste millones. El problema aparece cuando comenzamos a creer que esos millones son los que explican la razón por la cual esa obra importa.