El Arte y La Cultura.
Esa joya operática que es Ariadna en Naxos, de Ricardo Strauss, llegó a Bogotá a más de un siglo de su estreno, en una versión presentada por el Teatro Colón con la participación de la Sinfónica dirigida por Josep Caballé Domenech, un muy buen grupo de solistas y el montaje escénico de Joan Antonio Rechi. Los papeles principales fueron cantados por la gran soprano colombiana Betty Garcés, que hizo una Ariadna emotiva; por el tenor Gustavo López Manzitti, cuya voz de alcances wagnerianos, dio un Baco de gran fuerza; por la soprano coloratura Isabella Gaudí, que supo dar la gracia a su papel de Zerbinetta, aunque a veces se notó que cantaba con esfuerzo en su difícil aria, que a pesar de eso, salió satisfactoriamente adelante, y la mezzo nacional Adriana Bastidas-Gamboa, quien interpretó al Compositor y supo lucirse en la maravillosa oda a la música. La parte musical por tanto hizo justicia a esta bella obra.
El director escénico Rechi, más o menos presentó la obra según el libreto, a pesar de que hizo algunas extrañas escogencias, como la de sacar en momentos los retratos de Hitler y de Franco, que nada tienen que ver con esta ópera, por más que se inventen conceptos traídos de los cabellos. Igualmente, él es persona cuya experiencia le debe hacer saber que personajes llamados Escaramucho, Brighella, Trufaldino y Arlequín son de la comedia de arte italiana, pero como él es de los directores escénicos que creen saber más que el libretista original, decidió vestirlos por razones misteriosas no con sus vestimentas tradicionales, sino con trajes españoles, desde una bailaora hasta un torero. Afortunadamente ese capricho no perjudicó la buena marcha del montaje. Sí es lástima que al bellísimo dueto final de Ariadna y Baco le metiera distracciones, en tal forma que los personajes acabaron cantando cada uno por su lado. Tuvo aciertos como las intervenciones de los cuatro compañeros de Zerbinetta y de las dríadas. En resumidas cuentas fue una versión satisfactoria de la brillante ópera de Strauss y además es bueno anotar que hubo una buena representación de voces nacionales. Acertados el vestuario y la escenografía. Esta última fue una sola para las dos partes, aunque en la obra original el prólogo se supone que es entre bastidores y la ópera en sí misma en el escenario del “hombre más rico de Viena”.
Es lástima que el Colón haya caído en la mala costumbre de eliminar los programas de mano físicos, reemplazados por escanear códigos para saber quién es quién y qué es qué, en lo que se está representando. Eso es incómodo y ojalá se vuelva lo antes posible al necesario programa de mano impreso, un clamor casi universal de los aficionados.