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¿Desaparecieron las malas palabras?

Manuel Drezner

13 de marzo de 2026 - 08:45 a. m.

La desaparición gradual de las malas palabras y groserías del léxico cotidiano es un fenómeno lingüístico y cultural que merece atención. Durante siglos, las lenguas han incorporado términos ofensivos, blasfemias y expresiones vulgares que cumplían diversas funciones sociales tales como expresar ira, marcar pertenencia a un grupo, transgredir normas o intensificar emociones. Sin embargo, en las últimas décadas parece observarse una tendencia hacia la atenuación o desaparición de muchas de estas palabras en contextos públicos y formales. Lo que parece estar cambiando no es tanto la existencia de las malas palabras como su naturaleza y su ámbito de uso. Más que extinguirse, se transforman, se desplazan y se reinventan. El estudio de este proceso muestra hasta qué punto el lenguaje es un espejo de la cultura. Allí donde cambian los tabúes, cambian también las palabras con las que una sociedad expresa lo prohibido, lo ofensivo o lo irreverente.

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Muchas groserías tradicionales estaban vinculadas a insultos de carácter sexual, religioso o étnico, y, al ser reconsideradas desde perspectivas éticas contemporáneas, han ido desapareciendo. Lo que ayer mostraba mala educación y procacidad, hoy es usado hasta por las más inocentes criaturas.

Uno de los factores más influyentes es la transformación de las normas de convivencia en sociedades cada vez más sensibles al lenguaje. La expansión de discursos sobre el respeto, la inclusión y la no discriminación ha llevado a cuestionar palabras que históricamente se usaban sin mayor reflexión. Una prueba de esto es que hay una obra del escritor español Camilo José Celá llamada “Diccionario prohibido, una antología de malas palabras”. De las que Celá cita, una cantidad son hoy día de uso cotidiano. En español, por ejemplo, formas como “rayos”, “carajo” o variantes creativas sustituyen a expresiones más crudas. Este proceso no implica necesariamente una desaparición absoluta de la grosería, sino más bien su transformación en formas menos ofensivas o socialmente aceptables.

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Sin embargo, es importante señalar que las malas palabras difícilmente desaparecen por completo. El lenguaje vulgar cumple funciones psicológicas y comunicativas específicas: liberar tensión, reforzar vínculos dentro de ciertos grupos o manifestar rebeldía frente a la autoridad. Por ello, mientras algunas groserías se debilitan o dejan de usarse, otras surgen continuamente. El léxico ofensivo es, en realidad, uno de los ámbitos más dinámicos de cualquier lengua. De hecho, la función social de la grosería de marcar intensidad emocional, crear complicidad o desafiar normas sigue siendo necesaria para el gran público.

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