Se conmemoran doscientos años de la muerte de Juan Crisóstomo de Arriaga, una de las figuras más fascinantes y trágicas de la música europea del primer Romanticismo. Nacido en Bilbao en 1806 y muerto en París con apenas diecinueve años, fue apodado el “Mozart español”, una etiqueta sugestiva y tal vez merecida, así haya que recordar que Mozart alcanzó los 35 años de edad.
La precocidad de Arriaga es indiscutible. A los once años escribió una ópera, Los esclavos felices, y en su adolescencia produjo una serie de obras de cámara que revelan un dominio asombroso de la forma clásica. Su traslado a la capital francesa para estudiar en el Conservatorio de París lo situó en el centro de la vida musical europea. Allí sus profesores reconocieron en él un talento excepcional, especialmente por su facilidad melódica, con obras accesibles pero rigurosas.
La obra que mejor resume su temprana madurez es la Sinfonía en re mayor, donde se percibe la asimilación del clasicismo vienés, especialmente de Haydn y de Mozart, pero también una energía dramática que anuncia sensibilidades más cercanas a Beethoven. Sus tres cuartetos de cuerda, por su parte, constituyen el núcleo más personal de su catálogo. En ellos la escritura es más audaz, el tratamiento temático más concentrado y el discurso armónico revela una inquietud expresiva que desborda el mero ejercicio académico.
El bicentenario ha propiciado nuevas ediciones críticas, grabaciones y presencia en las salas de concierto, corrigiendo una larga historia de recepciones intermitentes. Durante décadas, Arriaga fue más un símbolo que una realidad sonora: el genio truncado, el talento que España perdió en París, la promesa que nunca llegó a desarrollarse. Hoy, en cambio, se tiende a situarlo en su contexto europeo y a valorar su producción sin el peso excesivo de la biografía.
También se ha subrayado su condición de compositor transnacional. Fue vasco de nacimiento, se formó en Francia y fue heredero del clasicismo centroeuropeo. Arriaga encarna una adaptación de estilos y de modelos que desmiente las lecturas nacionalistas de la historia musical. Su lenguaje no es español en el sentido folklórico, pero su figura sí forma parte esencial de la modernización musical de España en el siglo XIX.
Conmemorar su bicentenario no implica imaginar lo que habría llegado a ser, sino escuchar con atención lo que realmente escribió. En esa música que es clara, apasionada y sorprendentemente segura, se encuentra la verdadera medida de un compositor cuya corta vida no le impidió dejar una huella duradera en la tradición europea. Casi toda la música de Arriaga se encuentra en discos fonográficos, de modo que su obra se puede escuchar, y hay que decir que su audición es un deleite incomparable por la indudable frescura de su imaginación, así despierte el pesar de la frustración por lo que hubiera podido crear si hubiera podido vivir más allá de esa veintena de años.