Uno de los encuentros más singulares de la historia tuvo lugar hace 95 años, cuando coincidieron en Londres dos grandes figuras de campos completamente opuestos, pero ambos inmortales. Se trata de que Charlie Chaplin y Mahatma Gandhi estaban al tiempo en la capital inglesa, el uno con sandalias y túnica, que defendía la resistencia pacífica, el otro, un hombre que había logrado hacer reír a miles de espectadores en películas que son inmortales del cine. Gandhi estaba para mostrar que India debía ser independiente y Chaplin quiso conocerle porque tenía una pregunta que en esos momentos era su obsesión (estaba ideando “Tiempos modernos”) y que era: ¿a qué se debía la oposición de Gandhi a las máquinas?
En realidad. Gandhi no odiaba las máquinas, sino que desconfiaba de una economía que las utilizara para sustituir a trabajadores. Su ideal era una India capaz de producir lo que necesitaba, en lugar de convertirse en un mercado para mercancías fabricadas al otro lado del mundo. El encuentro se produjo en casa de un amigo mutuo y, al principio, Gandhi parecía no saber quién era Chaplin. De hecho, en la autobiografía de este actor comentó que creía que Gandhi no había visto una película en su vida. Tuvieron que explicarle quién era aquel célebre actor. Es posible imaginar la escena: el hombre que estaba desafiando al Imperio Británico preguntando quién era el señor del bigote.
Chaplin quedó impresionado por la conversación. Cinco años después, estrenaría “Tiempos modernos”, su genial sátira de la sociedad industrial, y la conversación de Londres formó parte del clima de ideas que rodeaba a Chaplin. Irónicamente, Gandhi quería liberar al hombre de la dominación económica y Chaplin quería liberarlo de la solemnidad de la vida cotidiana. Uno utilizaba la rueca como símbolo de independencia. El otro utilizaba un bastón como símbolo de supervivencia. El encuentro no duró mucho pero sus consecuencias, fueron largas. Gandhi siguió luchando por una India independiente y Chaplin siguió haciendo películas. Pero ese encuentro en Londres conserva una imagen difícil de olvidar: el hombre que quería desmontar un imperio sentado junto al hombre que podía hacer tropezar al mundo entero con unos zapatos que le quedaban grandes. La fotografía de ambos sentados juntos parece surrealista: el apóstol de la resistencia pacífica y el rey de la comedia muda. Sin embargo, tenían algo esencial en común: ambos hablaban, cada uno a su manera, de la dignidad del ser humano frente a los poderes que pretenden convertirlo en objeto. Aquella tarde londinense, el Mahatma y el vagabundo de Chaplin descubrieron que también podían conversar sobre el mismo tema: cómo impedir que las máquinas terminaran gobernando a los hombres.