Casi dos siglos después de haber sido estrenada, la ópera de Wagner El holandés errante llegó a la capital gracias al Teatro Mayor en una producción dirigida musicalmente por Stefan Lano y escénicamente por Marcelo Lombardero. Las tres funciones agotaron localidades, lo cual muestra que el público bogotano ya está lo suficientemente maduro. Se pudo asistir a una versión bastante tradicional, con escenografía muy escueta, animada por proyecciones de video del oleaje marino. Claro que hubo momentos menos tradicionales como cuando Senta, la protagonista, esgrime una pistola al final, acto gratuito y sin lógica, pero en general no hubo afortunadamente esos intentos tan comunes de tratar de corregir en el montaje escénico las intenciones de los creadores.
Aunque los cantantes dieron lo suyo, en especial Hernán Iturralde como El Holandés, Betty Garcés como Senta, Valeriano Lanchas como su padre y Gustavo López como Erik, la gran estrella fue el Coro Nacional de Colombia, verdadero protagonista moral de la obra de Wagner. Los marineros y las hilanderas de la ópera son más comentario social que simple decorado humano. No siempre sus movimientos escénicos fueron disciplinados, pero musicalmente no tuvieron tacha. El Holandés fue menos espectro que hombre condenado a pensar, lo cual hizo interesante su diálogo con una Senta de timbre luminoso y fraseo decidido, aunque todavía en busca de ese abandono que vuelve creíble la redención. Todo eso permite que Wagner pueda escucharse aquí, no como repertorio importado, sino como experiencia viva y eso se comprobó con el entusiasta aplauso del público al final de la representación.
En resumidas cuentas, esta presentación puede considerarse acontecimiento artístico, donde lo positivo superó con creces lo negativo.