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La Bienal de Venecia es quizá el más importante evento en el campo de las artes contemporáneas. Sin embargo, el de este año se ha visto manchado por el fanatismo ideológico del jurado que manifestó que no darían premios a artistas de ninguna nación que ellos no aprobaran. Con muy buen criterio, el director de la Bienal dijo que esta es artística y no ideológica, que todos los participantes tenían igualdad de derechos, que él se oponía a toda clase de racismo y discriminación y que el principio fundamental era la libertad de creación y de expresión. Ante esto, el jurado en masa decidió renunciar. Este año el premio de la Bienal lo otorgará el público.
La actitud de los jurados de no otorgar premios a artistas provenientes de países cuya política o gobierno desaprueban revela una fractura entre la autonomía del arte y presiones ideológicas. El problema no radica en que el arte dialogue con la política, sino en que el juicio estético se vea subordinado a criterios extra artísticos. Cuando un jurado decide penalizar a un artista por su nacionalidad, transforma el reconocimiento artístico en herramienta de sanción y el premio deja de ser un indicador de mérito y se convierte en un gesto político.
Esta tendencia empobrece el panorama artístico. La Bienal debe ser un espacio donde se confronten miradas diversas, así sean incómodas. Excluir voces por razones ideológicas limita la riqueza del diálogo cultural. El arte se evalúa por su capacidad expresiva, no por el pasaporte de su autor. De lo contrario, corre el riesgo de convertirse en un escenario donde la política dicta el gusto, como quisieran esos fanáticos, y no al revés.
Hay que acabar con esas actitudes de fanatismo que todo lo que hacen es minimizar el valor del arte para dar gusto a ideologías que no todos comparten.
