La reciente interpretación que tuvo lugar en Bogotá hace unos días de la Segunda Sinfonía, llamada “Resurrección”, de Gustav Mahler, trajo a la memoria de aficionados a la música el curioso caso de un millonario de Estados Unidos llamado Gilbert Kaplan. Quien dedicó buena parte de su vida adulta a concentrarse en esta obra, a la cual dedicó todo su tiempo sin otra distracción, hasta la hora de su muerte y se convirtió en la persona de referencia para esta composición.
Para comenzar por el principio, Kaplan ni siquiera era músico sino un economista que editaba una revista dedicada a inversiones financieras, la cual era tan respetada en los medios de negocios que acabó vendiéndola por decenas de millones de dólares, lo cual le permitió dedicarse de manera exclusiva a lo que había sido su obsesión, la mencionada sinfonía. Él la había escuchado en un concierto dirigido por Stokowsky y quedó tan impresionado que resolvió dedicar su vida a estudiar la obra. Tomó clases de dirección y se permitió el lujo de comprar la partitura original manuscrita de la Sinfonía de Mahler. (Lo cual, de paso, tampoco fue mala inversión, porque a su muerte ella se subastó por más de cuatro millones de euros).
Cuando se sintió lo suficientemente preparado, contrató a la Sinfónica de Londres y al frente de ella no solo dirigió la pieza sino que la grabó y esa grabación tuvo tanta acogida que se convirtió en la obra de Mahler más vendida en discos en la historia. De ahí en adelante, su fama como experto en la “Resurrección” se fue extendiendo y dirigió más de cincuenta orquestas importantes en todo el mundo, siempre tocando la misma obra. En su honor, hay que decir que nunca cobró honorarios por esas actuaciones. Años más tarde hizo otra grabación, esta vez con nada menos que la Filarmónica de Viena y bajo los auspicios de Deutsche Grammophon, una de las disqueras clásicas más importantes del mundo.
Posteriormente creó la Fundación Kaplan, dedicada a estudiar y difundir la música de Mahler. Fue uno de los editores de la publicación de una nueva edición de la partitura, donde se corregían decenas de errores de las ediciones anteriores y, además, hizo un asombroso y bello libro con una biografía de Mahler que recogía todas las fotografías conocidas del músico.
No hay paralelo en la historia de la música a este caso de una persona dedicando su vida a una sola obra y por esa razón el nombre de Gilbert Kaplan ha pasado a la “Petit histoire del arte musical”, aunque no para burlarse de estas hazañas de un aficionado sino para rendirle homenaje de respeto a esa curiosa concentración de amor por una obra llevada exitosamente a sus mayores consecuencias.