Si se cree que solo en el futbol hay rencillas que muchas veces llegan a mayores, entre partidarios de uno u otro equipo, hay que recordar que en el mundo de la ópera han tenido lugar peleas no menos cruentas. Como ejemplo, hay que traer a cuento la que se llamó “Querella de los bufones”, que tuvo como protagonistas a los amantes de la ópera franceses del siglo XVIII. Esta querella sacudió la capital francesa y enfrentó a los partidarios de la ópera francesa tradicional contra los defensores de la ópera cómica italiana. No se trataba en este caso de decidir qué música era mejor, sino que estaba en juego la identidad nacional, las jerarquías sociales y, desde luego, el derecho de cada cual de considerar idiota a su vecino. En este caso, los franceses aficionados a la ópera se comportaron como los mencionados aficionados al fútbol, ya que el arte lírico era el espectáculo por excelencia y eso avivaba los ánimos de manera espectacular.
La pelea comenzó cuando una compañía italiana de actores cómicos o bufones, como los llamaban, montó en París La serva padrona, un innocuo intermezzo de Pergolesi, lleno de gracia. Los tradicionalistas consideraron lo que hicieron los italianos como algo vulgar mientras que otro grupo, encabezado por nadie menos que por Rousseau, dijeron que esa era una necesaria evolución de la ópera y que le agregaba frescura a esta. Las discusiones en libros y periódicos acabaron en manifestaciones públicas donde los partidarios de cada género operático, el serio y el cómico, acabaron agrediéndose los unos a los otros con peleas a puños y hasta desafíos a duelo. Los partidarios de la tradición francesa defendían la solemnidad de Lully y de Rameau, con sus grandes coros, sus dioses mitológicos y sus héroes capaces de cantar durante media hora antes de tomar una decisión. Los italianos, en cambio, ofrecían personajes cotidianos, melodías pegadizas y situaciones reconocibles. En lugar de dioses que decidían el destino del universo, había criadas que discutían con sus patrones. La disputa adquirió dimensiones políticas y se formaron bandos irreconciliables. Rousseau en su Carta sobre la música francesa, llegó a cuestionar la capacidad de la lengua francesa para sostener una melodía verdaderamente expresiva y los adversarios respondieron con indignación ante lo que consideraban herejía. La ópera francesa no era para ellos una simple diversión sino que representaba la grandeza cultural de Francia. Admitir la superioridad italiana equivalía a reconocer que el extranjero podía tener razón, una concesión que muchos franceses consideraron excesiva. A la larga, después de un par de años, la querella perdió intensidad, la gente dejó de darse puñetazos, pero dejó la lección de que la música no vive aislada de la sociedad y que tras cada discusión estética se esconden disputas por el poder, el prestigio y la autoridad para decidir qué merece llamarse arte.