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La rivalidad de Góngora y Quevedo

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Manuel Drezner
08 de mayo de 2026 - 03:15 p. m.
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Posiblemente, en la historia de la literatura son pocas las rivalidades comparables a la de Quevedo contra Góngora durante el Siglo de Oro en España. No fue una simple diferencia de estilos, sino una guerra abierta, sostenida a base de versos venenosos, ataques personales y abundancia de insultos más o menos elegantes. Todo comenzó con un poema escrito por Quevedo y que se titulaba “Contra don Luis de Góngora”. Góngora era el rey del culteranismo: un estilo recargado, lleno de metáforas complejas y latinismos. Quevedo, en cambio, defendía el conceptismo caracterizado por brevedad, agudeza y precisión.

Al principio, los temas eran literarios. Quevedo se burlaba del lenguaje oscuro de Góngora, insinuando que más que poesía escribía jeroglíficos. Pero pronto la cosa degeneró en ataques personales. Quevedo acusó a Góngora de ludópata, de tener mal gusto e incluso de poco aseado. En uno de sus versos más famosos, se refiere a su nariz con crueldad: “Érase un hombre a una nariz pegado…”, con lo cual no solo se burlaba de la nariz, sino que insinuaba que era judío, gran insulto en la época. Esa obsesión con los defectos físicos era parte del arsenal usado para los ataques.

Góngora no se quedó callado. Respondió con igual veneno y llamó a Quevedo borracho, hijo de mala madre y, en general, personaje poco digno de la alta poesía. Sus ataques eran menos conocidos por el gran público, pero no menos feroces. Si Quevedo atacaba con martillo, Góngora respondía con sutileza, aunque a veces también usó martillo.

La rivalidad alcanzó niveles domésticos: Quevedo llegó a comprar la casa en la que vivía Góngora solo para poder desalojarlo. Eso ya no es sátira, sino compromiso con la enemistad. Casi imposible imaginar el odiar tanto a alguien como para convertir el mercado inmobiliario en arma literaria.

A la larga, esta guerra dejó algo productivo. Gracias a ella, ambos llevaron sus estilos al extremo, perfeccionando sus técnicas e incluso dejando obras memorables. El culteranismo de Góngora alcanzó alturas sublimes, mientras que el conceptismo de Quevedo se volvió más afilado que nunca.

Así, entre insulto e insulto, el idioma español salió ganando. Si algo demuestra esta rivalidad es que, a veces, el odio bien escrito puede llegar a ser extraordinariamente creativo.

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Rasbe(zk18b)Hace 25 minutos
Esto soi no lo comentan, je je, ¿Donde estan los habituales charlatanes ?
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