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En el siglo XX se plantearon cantidad de “leyes” burlonas con las que se satirizaban aspectos de nuestro mundo. Uno de estos planteamientos fue el llamado “Principio de Peter”, donde se mostraba que la gente era ascendida en una organización hasta alcanzar su nivel de ineficiencia. Eso explicaba la razón por la cual trabajadores que eran excelentes en un cargo fracasaban al ser ascendidos a un cargo superior. La consecuencia final era que muchas organizaciones acababan siendo manejadas por incompetentes. De hecho, todos los días vemos lamentables aplicaciones de esta ley.
Más conocida fue la Ley de Murphy que planteaba que “si algo malo puede pasar, con seguridad que pasa”. Esta mostraba la razón por la cual, si uno se cambiaba de una cola a otra, la cola donde uno estaba antes empezaba a moverse más rápido.
La primera que se planteó fue la llamada “Ley de Parkinson”, que afirmaba que todo trabajo se hace en el tiempo que se tenga disponible para hacerlo. Es decir, si hay ocho horas para hacer una labor, ella se hará en ocho horas, pero si se destinan diez horas, se hará en diez horas. La razón es que mientras de más tiempo se disponga, más divagará la mente; mientras que si el tiempo es poco, es necesario ser más eficiente. Eso explica por qué si se aumenta la burocracia, de todos modos la cantidad de trabajo que se hace siempre será la misma y por qué el que haya más trabajadores no implica que se haga más trabajo.
Hay otras leyes, como la que dice que mientras más sin importancia sea un asunto, más tiempo se gasta discutiéndolo, y que los gastos siempre se multiplican hasta cubrir el presupuesto que se le ha destinado. Lo anterior explica con creces muchas cosas aparentemente inexplicables que suceden todos los días. Ojalá que nadie se dé por aludido por esta columna.
