Es una lástima que quienes defienden los derechos de la mujer (entre los cuales me cuento) nunca hayan elegido como símbolo y bandera del movimiento al personaje teatral del teatro griego de Lisístrata. Aunque ha habido muchas mujeres que a través de la historia han dejado en alto la lucha feminista, creo que la mencionada es el más elocuente, al tiempo que uno de los más efectivos ejemplos de cómo la imaginación puede ser arma tan útil como la protesta directa. Igualmente, es extraño que hasta ahora, que yo sepa, ningún grupo teatral entre nosotros se haya puesto en el trabajo de montar una pieza tan entretenida.
Lisístrata es la protagonista de una comedia con el mismo nombre, que es de las más célebres y audaces de Aristófanes. Fue estrenada en Atenas en el año 411 antes de nuestra era, en pleno desgaste de la Guerra del Peloponeso. Su argumento, tan ingenioso como provocador, gira en torno a una idea revolucionaria para su tiempo: una mujer decide organizar a las demás para obligar a los hombres a poner fin a la guerra mediante una huelga sexual. Lejos de ser solo una broma escandalosa, la obra combina sátira política, crítica social y un sorprendente alegato pacifista.
La protagonista, Lisístrata, se destaca por su inteligencia, su capacidad de liderazgo y su claridad moral. A diferencia de otros personajes femeninos de la comedia antigua, no aparece como una figura frívola o pasiva, sino como una estratega lúcida que comprende mejor que los hombres el costo humano del conflicto. Junto con mujeres de distintas ciudades griegas, toma la Acrópolis y controla el tesoro público, atacando así el corazón mismo del poder masculino.
Aristófanes recurre al humor obsceno, los equívocos sexuales y la exageración corporal para provocar la risa del público, pero detrás de esa comicidad se esconde una crítica feroz al belicismo y a la incompetencia de los dirigentes. Lisístrata sugiere que la guerra es un juego absurdo sostenido por el orgullo masculino y que las mujeres, tradicionalmente excluidas de la política, pueden ofrecer soluciones más sensatas.
A lo largo de los siglos, la obra ha sido leída y reinterpretada como un texto antibélico y, en tiempos modernos, como una pieza de resonancia feminista. Su vigencia demuestra que la risa, cuando es inteligente, puede ser una poderosa forma de protesta.