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En los Estados Unidos, un juez acaba de declarar que el intento de algunos padres de familia de eliminar libros de las bibliotecas públicas es ilegal y que los libros no pueden ser objeto de censura. Entre nosotros se recuerda el caso de un político que hizo una quema pública de libros que iban contra sus creencias religiosas. Igualmente hace algunos días un alcalde ordenó cancelar la presentación de un libro argumentando que este hacía una apología del terrorismo. Irónicamente eso hizo que un libro que a pocos interesaba se hiciera popular.
La verdad es que desde que alguien aprendió a escribir, otro decidió que sería mejor que no escribiera. La historia de la censura de libros es que esta busca combatir ideas prohibiendo su difusión. La censura se convirtió en algo común con la invención de la imprenta y en 1559 se publicó el índex de libros prohibidos de la Iglesia. Durante siglos, leer estas obras era espiritualmente inconveniente y a veces malo para la integridad física. Los libros se censuraban por herejía o inmoralidad, o simplemente porque al censor no le gustaba lo que decían. Voltaire, Rousseau, Darwin, Marx están entre los autores considerados peligrosos. Los nazis organizaron quemas de libros y las dictaduras latinoamericanas se regían por el principio de que un ciudadano que lee constituye una amenaza. Lo bueno es que la censura rara vez consigue su propósito y un libro prohibido se vuelve atractivo. El censor, sin quererlo, se convierte así en el publicista del autor. Es por eso que los libros han sobrevivido a inquisidores y a funcionarios con tijeras. Se pueden confiscar o prohibir, pero resulta imposible impedir que alguien quiera conocer lo que decía el libro que le ordenaron no leer.
