El siglo pasado se presentó en Bogotá un intérprete de música clásica con la armónica (el mismo instrumento que, cuando yo era niño, conocíamos como dulzaina), llamado Larry Adler. A pesar de que este instrumento usualmente se asocia con músicas populares, Adler nos demostró que se trataba de un instrumento con muchos recursos de expresión y eso se confirmó hace unos días en un concierto de la Filarmónica de Bogotá en el Teatro Santo Domingo, que presentó una versión de "El sombrero de tres picos" de Manuel de Falla, con el armonicista español Antonio Serrano como solista invitado y la dirección de Daniel Abad Casanova.
La obra se originó como ballet, una colaboración de Falla con los Ballets Diaghilev, con escenografía y vestuario diseñados por Pablo Picasso. Inspirada en la narración de Pedro Antonio de Alarcón, cuenta una historia de enredos, celos y engaños en la que un molinero y su esposa se enfrentan a las pretensiones de un corregidor. El humor de la trama encuentra su equivalente musical en una sucesión de danzas de gran vitalidad rítmica y riqueza tímbrica. De ese ballet se han hecho suites que fueron las que presentaron los intérpretes mencionados. Lo que oímos del intérprete Antonio Serrano fue pasar de la delicadeza a la agilidad virtuosística y dialogar con una masa orquestal sin perder su personalidad.
La música de Manuel de Falla, de quien se conmemora el mes entrante el aniversario 150 de su nacimiento, tiene la virtud de convertir los ritmos, las danzas y los colores de España en un lenguaje sinfónico de proyección universal. Claro que hubiera sido bueno que, además, presentaran, si se trataba de un homenaje, otra obra sinfónica del español, como “El amor brujo”, aunque en un bis nos dieron la "Danza del Fuego" de esta obra.
Como el programa se titulaba "Manuel de Falla y sus horizontes", nos dieron selecciones cortas de "Granados, Albéniz y Turina", además del “Capricho español” de Rimsky-Korsakov; así, esta última obra tiene más que ver con las estepas siberianas que con España. Este concierto nos recordó que la música clásica no es un museo de partituras intocables sino que la grandes obras sobreviven porque admiten nuevas lecturas, cuando ellas respetan su espíritu y aporten una perspectiva artística de calidad convincente. Con esta propuesta, la Filarmónica de Bogotá nos dio una oportunidad para redescubrir a Manuel de Falla desde un ángulo poco usual y que mostró que la armónica, no es una curiosidad anecdótica.