Se ha hablado mucho en los últimos tiempos sobre teorías acerca del fin del mundo y algunos lectores han aprovechado para recordar que este ya había sido augurado por Nostradamus, ese profeta del desastre que nunca se equivocaba gracias a que sus predicciones, recogidas en verso en cuartetas que él llamó Centurias, son tan oscuras que se les puede dar la interpretación que se quiera y pueden significar prácticamente cualquier cosa.
Nostradamus (1503-1566), cuyo verdadero nombre era Michel de Notredame, nació en Francia y ejerció como médico durante las epidemias de peste que azotaron Europa. Se interesó por la astrología y la alquimia y en 1555 publicó su colección de cuartetas poéticas en las que supuestamente anticipaba acontecimientos futuros. Su fama como profeta creció y llegó a ser consultado por personajes de la corte francesa. Sus profecías continúan siendo interpretadas hasta hoy, aunque, como se dijo, la ambigüedad de sus textos permite relacionarlos con acontecimientos muy diferentes.
Ellas han servido para demostrar una curiosa ley de la historia: cuanto más frecuente sea algo, más fácil resulta descubrir que Nostradamus ya lo había anunciado. ¿Una guerra? Allí estaba. ¿Un incendio? También. ¿La muerte de un rey? Naturalmente. ¿Una revolución? No podía faltar. ¿Una pandemia? Por supuesto. Y si mañana aterrizaran extraterrestres en nuestro planeta, probablemente, alguien encontraría, entre los versos del francés, una referencia a “seres metálicos que descienden del cielo”. Como se dijo, el secreto está en la elasticidad de sus profecías, que hablan de fuego, sangre y catástrofes. Con tal repertorio, resulta difícil que la historia no acabe por ofrecer alguna coincidencia. Es como escribir “algo terrible sucederá” y luego atribuirse el mérito cada vez que ocurre un terremoto, una guerra o hay una gotera en casa.
La gran ventaja de Nostradamus es que nunca tuvo que enfrentarse a la incómoda pregunta de: “¿Podría ser más específico?”. Sus cuartetas están llenas de imágenes, metáforas, palabras arcaicas y referencias geográficas difíciles de precisar. Y ahí comienza la diversión. Una vez ocurrido el acontecimiento, siempre aparece un intérprete dispuesto a explicar que “el gran fuego” significaba exactamente aquel incendio, que “el león” representaba a determinado gobernante y que “las tres lunas” eran, naturalmente, una alusión a tres acontecimientos ocurridos en tres continentes. Lo extraordinario es que las profecías pueden ser acomodadas retrospectivamente a acontecimientos muy diferentes.
La profecía funciona como esos dibujos de niños en los que se deben unir los puntos: primero se dibuja la figura y después se busca qué números la justifican. Nostradamus tuvo una ventaja sobre los profetas modernos y es que murió hace siglos. Nadie puede preguntarle qué quiso decir y entonces se pueden interpretar sus versos al gusto. Quizá esa sea su verdadera profecía: mientras existan acontecimientos sorprendentes, siempre habrá alguien dispuesto a mirar hacia atrás y decir: “¡Lo había anunciado Nostradamus!”. Solo falta encontrar el verso adecuado.