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El cine clásico, en blanco y negro y hasta mudo, tiene muchos atractivos. Cuando el cine mudo abrió el paso al sonoro, hubo muchos grandes artistas como Chaplin y René Clair que consideraron que el agregar sonido al arte cinematográfico quitaba la esencia misma al cine, que era básicamente un arte visual. Hubo películas que demostraron esto como la extraordinaria El último hombre de Murnau, que lograba el milagro de desarrollar un argumento profundo sin uno solo de los letreros acostumbrados. Pero el sonido era un agregado demasiado importante y el público pronto dejó de admirar las grandes cintas mudas del pasado. Muchas de las grandes creaciones cinematográficas del pasado comenzaron a ser ignoradas y hasta olvidadas y con eso se perdieron producciones de gran importancia y belleza.
Lo anterior significó, sin duda, una pérdida lamentable, ya que en cantidad de filmes del cine silente hay obras de arte que sin exageración se pueden calificar de maestras. Está el corolario adicional de que ese rechazo implícito del público al cine mudo hizo que muchas grandes creaciones desaparecieran, hasta el punto de que, según los expertos, casi el ochenta por ciento de las cintas de esa época no solo ya no existen, sino que ni siquiera hay forma de recuperarlas. Eso sería equivalente a si libros importantes de la literatura se echaran al olvido porque ellas no siguen las reglas del modernismo.
La conclusión de lo anterior, entonces, es que se deben compartir los esfuerzos de algunos grandes cineastas de nuestros tiempos que buscan rescatar esos tesoros del mundo del cine, ya que la pérdida descrita es, sin duda y sin exagerar, un crimen contra la civilización.
