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Se cumplen sesenta años de la muerte de Buster Keaton, y el cine, ese arte que él ayudó a inventar en su forma moderna sigue recordándolo. En una época como la nuestra, dominada por efectos digitales, la figura de ese hombrecillo de rostro impasible y que jamás sonreía, su pequeño sombrero y su cuerpo acrobático, conservan una actitud que refresca. Keaton no fue solo un comediante, fue, también, arquitecto del movimiento que no se arredraba ante el riesgo físico además de ser creador visual de precisión asombrosa.
Nacido en una familia de cómicos de la legua, Keaton aprendió desde niño que el cuerpo era un instrumento expresivo. Cayéndose, levantándose y volviendo a caer, desarrolló una comprensión intuitiva del espacio, del ritmo y del gag como construcciones matemáticas. A diferencia de Chaplin, cuyo cine combina en forma maestra comicidad con sentimentalismo, o de Harold Lloyd, el eterno optimista, Keaton encarnó una visión trágica y estoica del mundo donde el universo puede derrumbarse, pero el individuo es capaz de resistir sin perder su dignidad.
Sus películas siguen asombrando no solo por su humor y su ingenio, sino también por su audacia formal. Keaton concibió el cine como una máquina perfecta donde cada plano tenía una función exacta. Sus persecuciones no eran simples carreras, sino coreografías geométricas; sus decorados, mecanismos en constante amenaza. El famoso plano de la fachada que cae sobre su cuerpo inmóvil no es solo una proeza física: es también una metáfora de su arte, basado en la confianza absoluta en el cálculo y en el azar domado.
El paso del tiempo fue cruel con él. La llegada del cine sonoro y sus problemas personales lo relegaron a un segundo plano. Keaton sobrevivió como pudo, a veces reducido a ser intérprete secundario de su propio legado. Pero ese tiempo es igualmente juez sabio y acabó restituyéndolo. Desde los años cincuenta, su obra fue redescubierta como una de las cumbres del cine universal. Tuvo papeles en cintas como “Algo chistoso sucedió cuando iba al foro”, “Ocaso de una estrella” y su inolvidable participación en “Candilejas” de Chaplin, la única vez que estos dos genios actuaron juntos.
Hoy, a sesenta años de su muerte, Buster Keaton no pertenece al pasado. Su influencia se percibe en comediantes como Jacques Tati, en el cine de Wes Anderson, en el humor visual contemporáneo y en cualquier creador que confíe más en la imagen que en la palabra. Recordarlo no es un gesto nostálgico sino un acto de justicia estética. Mientras exista el cine, Buster Keaton continuará cayéndose y levantándose ante nuestros ojos pero siempre estará vivo.
