Un misterioso encargo le llegó a Mozart en sus últimos días: el de componer un Réquiem. El músico llegó a imaginarse que era la muerte la que le había encargado la obra para sus propios funerales. Después se vino a saber que el encargo había sido hecho por un noble con ínfulas de compositor, que encargaba a músicos ilustres obras, para después hacerlas pasar como suyas. Si ese noble hubiera vivido en nuestros días, probablemente hubiera recurrido a la inteligencia artificial, o IA, para hacer esos encargos porque son muchos los que usan esta herramienta para publicar artículos, canciones y hasta libros y sin pena les ponen su firma para hacerlas pasar como propias.
Eso se vio hace unas semanas cuando un profesor publicó una crítica literaria en un diario neoyorquino y se descubrió que buena parte de ella ya había aparecido en otro periódico. El crítico confesó que había recurrido a la IA y lo que esta hizo fue usar el artículo anterior para transcribirlo en su respuesta.
La verdad es que la IA es una herramienta útil para conseguir datos, igual que antes se hacía recurriendo a obras de consulta, pero aparte de la falta de honradez en usarla para hacer pasar como propios artículos ajenos, así sean creados por un robot, se corren peligros como los descritos. Por otra parte, la IA usualmente entrega artículos áridos, con estilo literario dudoso y muchas veces con errores, ya que parece que cuando ella no encuentra un dato, a veces lo inventa. Todo esto conduce a que sea fácil detectar cuando un escrito es de inteligencia artificial.
Es claro que el noble que le encargó a Mozart el Réquiem hizo uso de un genio, pero lo malo es que la IA es interesante y útil, pero no es genial. Por eso quienes la usan para engañar, haciendo pasar como suyas las creaciones de ella, corren el peligro de que se ponga en duda la capacidad intelectual del infractor.