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Aseguraban los gurús del neoliberalismo que los responsables de todos los males eran los políticos corruptos y la ineptitud de los Estados y que había que tomar como modelo a la empresa, por su eficacia, y a los empresarios, por su honradez. Pues bien, desde que empezó la crisis, hemos visto con estupor, lo que ha ocurrido cuando las finanzas han “campado por sus fueros”: que un empresario ha estafado 50.000 millones de dólares de un solo golpe -mucho más de lo que han robado todos los políticos corruptos de América Latina y de Europa durante años- y que la economía se ha venido abajo.
Y no ha ocurrido de un día para otro. La recesión económica que vive hoy el mundo es el resultado de varias décadas de exaltación del mercado y de desprecio de lo público, incluido, en el concepto de “lo publico”, al propio Estado. “Liberemos al pueblo de la carga del Gobierno”, decía Ronald Regan, y con ese slogan, el egoísmo de las elites fue aumentando hasta límites insospechados y nos condujo a donde estamos hoy: en el predominio absoluto del llamado crony capitalism , -capitalismo de amiguetes- y en el compadreo entre los supervisores y los supervisados y entre los bancos y las empresas a las que prestaban el dinero.
No es la primera vez que esto ocurre. Esta “tecnología” fue una de las causas de la crisis asiática de 1997 y, en vez de poner remedio, se generalizaron las “malas prácticas” hasta contaminar por completo el centro del sistema financiero mundial y llegar a la “economía Mardoff”, como ha dicho Paul Krugman.
La revolución conservadora, que comenzaron Reagan y Theatcher y que retomó Bush, con renovados ánimos, ha sido un rotundo fracaso, también en las relaciones internacionales. Todos somos conscientes de que hoy el mundo es menos seguro y que la desastrosa guerra de Irak, la invasión de Afganistán y el reciente y brutal ataque a Gaza no han servido para luchar contra el terrorismo sino para radicalizar posturas y poner en primer plano de las relaciones internacionales el militarismo.
La “revolución conservadora”, que se inició en la década de los 80, nació con la pretensión de abarcar todos los ámbitos, incluido el de la moral privada. La administración Bush actuó en connivencia con los grupos cristianos más ultras y los republicanos no tuvieron el menor pudor de llevar en la candidatura de McCain a un personaje como Sarah Pelin, tan vacío de contenido como peligroso para cualquier mente liberal.
Se propusieron cambiar el mundo y, para ello, utilizaron influyentes centros de estudio, entre ellos el Weekly Standard American Enterprise Institute, creado en 1947 y del que formó parte Lynne Cheney -la mujer del vicepresidente-; el Hudson Institute; el Institute for Educational Affaire, y, el más reciente, el Proyect for a New American Century. Tambien contaron con prestigiosas publicaciones, como Weekly Standard, Comentary, editada por el Comité Judío Americano, y mantuvieron una importante presencia en las páginas de opinión de, por ejemplo, el Wall Street Journal. Dieron medios y recursos, para que difundieran los nuevos postulados, a profesores tales como F Fukuyama, Robert Kagan, Irving Kristol, Elioth Cohen, Midge Decter y muchos otros.
Durante la etapa de Bill Clinton y Tony Blair, hubo un paréntesis en el predominio de la ideología conservadora, pero no desaparecieron sus “gurús”. Como dice el ex director de El País, Joaquín Estefanía, los conservadores abandonaron los centros de poder y se marcharon a sus “palacios de invierno” de las universidades y los institutos, con la financiación suficiente como para preparar el desembarco de Bush en el año 2000.
Con la llegada de Obama se ha producido el desalojo del poder de los “neocons”, pero no las consecuencias de sus actuaciones. Han dejado un mundo en guerra y con una grave recesión económica. La situación es de tal envergadura que la crisis está afectando a todos los ámbito de la vida en el planeta: crisis medioambiental y energética, problemas con las materias primas, crisis alimentaria, aumento generalizado de la pobreza, mayor violencia...
Comenzamos el nuevo milenio sin que se colapsaran nuestros ordenadores y con la esperanza de lograr un mundo mejor. Naciones Unidas fue capaz de reunir a 146 presidentes de gobierno y lanzar una ofensiva mundial contra la pobreza. Pero en 2001, tras el brutal atentado contra las Torres Gemelas, las prioridades cambiaron y la Administración americana impuso una nueva agenda. Ni Europa, ni el pensamiento progresista norteamericano supieron o pudieron presentar alternativas y la Tercera Vía, de Tony Blair, y el liberalismo de rostro humano, de Bill Clinton, se desvanecieron ante la fuerza del “tsunami” neoconservador.
Ha pasado casi una década y cada vez está más claro que las ideas son importantes. Más que importantes, imprescindibles, diría yo, si queremos dar salida duradera a esta crisis global en la que nos encontramos. ¡Y surjan rápido!, antes de que los “neocons” se recuperen del descalabro y lideren de nuevo el mundo.
Profesor de la Universidad de Alcalá
