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Nuestro mayo del 68

Manuel Guedán

16 de mayo de 2008 - 08:24 p. m.

Mayo del 68 fue, en España, enero del 69. Franco controlaba la información y las noticias llegaban con cuentagotas y retrasadas. El eco de la rebelión en Europa y Estados Unidos se había dejado sentir, pero el 20 de enero, la policía mató al estudiante Enrique Ruano y ese fue el detonante de una protesta, distinta a la francesa, porque su objetivo principal fue la lucha contra la dictadura.

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Yo conocía a Enrique Ruano y me enteré de su muerte por su hermana Lola. Era un joven e inteligente estudiante de Derecho y fue detenido por repartir propaganda en las calles de Madrid. Tres días después, la policía informó que se había tirado por la ventana de un sexto piso y había muerto. No nos lo creímos y salimos a la calle para protestar por lo que consideramos que había sido un asesinato.

Unos días después, el 24 de enero, la dictadura decretó, durante tres meses, el Estado de Excepción, suprimiendo los pocos derechos que teníamos. El miedo al contagio llevó a la policía política a ordenar redadas masivas y hubo numerosas detenciones en toda España, en los domicilios de estudiantes, obreros y profesores, siempre de noche y en coches camuflados

La noche del 27 de enero, a las una de la madrugada, vi aparcar un coche negro al lado del portal de mi casa. Pocos minutos después, el ascensor se puso en marcha. Apenas  me dio tiempo a esconder los carteles de protesta por la muerte de Enrique Ruano y a descolgar de la pared una “subversiva” lámina del Guernica de Picasso, que la policía destrozó con rabia. Me llevaron detenido.

La Dirección General de Seguridad, entonces en la Puerta del Sol, estaba abarrotada. En cada celda, prevista para dos o tres personas, estábamos hasta doce. Éramos tantos los detenidos que apenas tenían tiempo de interrogarnos y fuimos pasando directamente a las cárceles. Pero no todos tuvimos la misma suerte. La dictadura se cebaba con los obreros y, delante de mi celda, vi pasar a los hermanos Nieto con la cara ensangrentada. Uno de ellos, creo que más joven que yo –yo tenía entonces 18 años- desesperado por las torturas, se tiró de cabeza contra un radiador, ante la mirada aterrada de todos nosotros. Pensamos que había muerto.

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A los tres meses, se levantó el Estado de Excepción y la mayoría salimos de la cárcel sin cargos. Pero algo había cambiado.  Yo me hice marxista, no sé si por la lectura de la biografía sobre Marx, de Franz Mehring, que pude conseguir no sé cómo, o porque había conocido de cerca la cara más brutal de un régimen que nos negaba los derechos más elementales. Como el resto de los jóvenes, los españoles también nos dejamos llevar por el espejismo de las utopías revolucionarias, pero nuestra lucha era casi de supervivencia.

En Francia y Alemania, los jóvenes se rebelaron contra el sistema capitalista y por la liberalización de las costumbres. En Estados Unidos, los hippies lucharon también por esa liberalización y, además, contra la guerra de Vietnam y a favor de los derechos civiles de los negros. En España la lucha era contra la dictadura. Las consignas francesas “Prohibido prohibir”, “Gozar sin trabas”, “Sed realistas, pedid lo imposible”, eran demasiadas sofisticadas y ambiciosas para nosotros. En España nuestra principal reivindicación fue libertad y amnistía para los presos políticos. Ese fue nuestro “mayo del 68” y duró hasta diciembre del 78, la fecha en que se aprobó nuestra Constitución. No hicimos la revolución, ni se hizo realidad la utopía,  pero alcanzamos la democracia.

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Universidad de Alcalá

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