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A un año de Catar, Colombia se muere de nada

Manuel Rodríguez Lloreda

19 de octubre de 2021 - 08:24 p. m.
Reinaldo Rueda en el estadio Metropolitano de Barranquilla.
Foto: Agencia EFE

Es difícil determinar qué quiere Rueda, un entrenador que tradicionalmente ha buscado jugar buen fútbol, circular la pelota, construir a partir del juego colectivo. En esta selección, donde tiene los jugadores para hacerlo, no hay atisbo alguno de esa intención. No hay conexiones entre los jugadores, no hay movimientos coordinados, cada futbolista que toma la pelota debe sudar para encontrar un compañero. Como si no se entrenara nunca. Como si el equipo lo conformaran once tipos que se conocieron veinte minutos antes del juego.

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A lo largo de estos últimos dos meses, de estas últimas dos triple-fechas, algo cambió dentro del panorama de Colombia. Lo que preocupa de esta versión 2021 de Rueda (porque en la selección siempre preocupa algo) ya no es clasificar o no al mundial. Lo cierto es que aún tras el amargo empate con Ecuador el equipo sigue bastante cómodo en la tabla, y, lo que es más importante, el nivel de nuestros tradicionales rivales directos —Perú, Paraguay, Chile— es tan pobre que da la sensación de que todos van a tropezar (¿qué tan mal estaremos en el continente como para que Bolivia tenga serias esperanzas de clasificar?). Seguramente a Catar llegamos.

Pero ese es precisamente el problema. Lo que más inquieta sobre esta Colombia es el escenario a largo plazo. La pregunta es la siguiente: ¿de qué sirve sufrir estos partidos-bodrio, horribles para el espectador neutral, donde al equipo no se le cae una idea y no da tres pases seguidos, si luego llegamos al mundial y quedamos afuera en primera ronda jugando a lo mismo?

Es ese el problema, muchas veces, con la eliminatoria. Especialmente la eliminatoria sudamericana, tan competitiva, tan intensa, tan visceral. Nos invita a obsesionarnos con un solo objetivo: clasificar. Propaga ese mantra tan nocivo del “ganar como sea“, del “clasificar como sea”, y nos hace creer que una vez se cumpla ese objetivo elemental, una vez lleguemos, sea como sea, a ese número santo de 27 o 28 puntos (incluso si se hace jugando mal, sufriendo cada partido, colgándonos del travesaño, apelando al azar o a la ayuda de algún árbitro), todo se va a arreglar en el mundial.

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Trasciende la fantasía de que en Catar, o antes de Catar, en algún punto, algún lapso de tiempo imaginario, inexistente, entre el fútbol andrajoso y tropezado de la eliminatoria y los reflectores y el glamour del mundial, puede cambiar todo. Como si el sólo conseguir el boleto nos fuera a convertir, de un momento a otro, en un equipo que juega bien, que compite, que puede llegar lejos.

(Le puede interesar: Iremos a Catar ¿pero a qué?)

Los equipos se construyen. Debería ser ese el objetivo principal, y es algo que usualmente pasa a ser secundario. Es cuanto menos inquietante que Rueda lleve ya 10 meses en el banquillo (y muchos partidos, gracias a la Copa América) y en Colombia no haya habido mejora alguna. Lo que es más preocupante es que tampoco hay un horizonte claro. No hay un plan de ruta. No se sabe para dónde vamos.

Rueda le dio un envión anímico al grupo recién llegó, que fue evidente en la copa. Si bien el fútbol no era especial, sí se percibía una actitud diferente frente a los partidos, un aumento de confianza, una sangre interior que convirtió a Colombia en un rival duro de enfrentar y difícil de vencer durante el verano. Pues esa llama se extinguió. Si bien permanece la solidez defensiva, hoy Colombia juega objetivamente mal. El juego mostrado frente a Chile, que muchos pensamos, ingenuos, sería la norma de aquí en adelante, fue apenas una dolorosa excepción, un espejismo maldito que nubló todos nuestros pronósticos. La realidad es que hay que seguir sufriendo. No es que al equipo “le falte“ una cosa o la otra. Es que de fútbol no hay nada. Absolutamente nada. No hay idea, no hay sistema. No hay una gota de creatividad y, evidentemente, no hay gol.

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Es una selección que, precisamente por su falta de orden ofensivo, hace ver a Quintero y Luis Díaz como dos jugadores apenas mediocres. Hace ver a Duván y a Borré como dos postes distantes, expectantes pero intrascendentes, ahogados por el aburrimiento y la soledad. Es un equipo que juega igual de mal así Rueda cambie todo el ataque, cosa que tiende a hacer en cada partido. Un equipo frustrante, que nos hace llevarnos las manos a la frente repetidas veces por partido, preguntándonos por qué jugar para adelante cuesta tanto, preguntándonos por qué nadie tira un centro bien, por qué a ninguno —a ninguno aparte de Juanfer— se le ocurre un pase, o un amague, o un desmarque, o algo que genere peligro. Nos deja pensando, perplejos, cómo una plantilla desbordada de talento europeo resulta en un juego tan pobre.

(Puede leer más sobre las eliminatorias, fútbol de clubes y otras competencias en la sección Deportes)

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Rueda tenía que rescatar a la selección tras el mazazo que fue lo de Queiroz. Debía hacer un trabajo casi psicológico, recuperar un nivel base de autoestima y confianza, asegurarse de que un 6-1 en contra estuviera totalmente por fuera de las posibilidades de lo que podía pasar en un determinado partido. Pues bien, ya eso está hecho, y se debe reconocer, pero está hecho hace ya un buen rato. El siguiente paso, el que involucra construir sobre ese primer andamio y preparar un equipo para Catar, un equipo competitivo, un equipo medianamente ilusionante, está ya atrasado. Alarmantemente atrasado.

Un detalle adicional sobre la eliminatoria, y sobre los parones internacionales en general. Nos guste o no la Nations League europea, ha causado algo que no se aborda mucho: le ha impedido a Sudamérica competir contra los mejores en las ventanas de fútbol internacional. Ya que los europeos juegan sólo entre ellos, nos ha quitado la posibilidad de ese roce, de esa prueba con los Bélgicas y Españas y Dinamarcas, esa oportunidad de ajustar y calibrar. Hoy no tenemos ninguna medida, y, viendo el declive general del fútbol sudamericano post-Rusia 2018, incluso si Colombia estuviera jugando bien, parecería que ya no es suficiente con ser de los mejores de por acá. Brasil y Argentina, que sí le sacan ventaja al resto de este lado del charco, se pueden llevar una fea sorpresa en Catar.

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