El mes pasado concluyó el gobierno más sectario que ha tenido Colombia desde el inicio del Frente Nacional. En apenas cinco semanas, la nueva administración viene acumulando señales que sugieren el reemplazo del sectarismo de una orilla por el de la otra.
No me refiero a las dinámicas propias de la campaña electoral —donde la confrontación ideológica es habitual y el lenguaje vehemente funciona como motor de cohesión de las bases. Hablo de acciones durante el ejercicio del poder en donde la tarea es gobernar para todos y donde tener equipos con espacios de disenso es crucial para la buena toma de decisiones.
La primera semilla sectaria la vimos sembrada en la propia ceremonia de posesión: el presidente electo—como si fuera una boda familiar—decidió no invitar a expresidentes que consideraba lejanos a su proyecto político. ¿Cómo liderar para todos si se excluye incluso del protocolo a quienes recibieron millones de votos en el pasado?
Días después, el gobierno designó un nuevo director la Planeación Nacional, un cargo clave con rango ministerial y pieza central en la articulación de las políticas públicas de Estado. Pocas horas después de haber anunciado quién ocuparía ese cargo, retiró la designación: los hinchas de la nueva secta señalaron que el designado había asesorado a gobiernos previos. No valían las credenciales técnicas sin el carné de afiliado purasangre.
Por los mismos días, la recientemente nombrada (por este gobierno) directora de Medicamentos y Tecnologías en Salud—con una estupenda hoja de vida para el cargo—fue también retirada. Los cazadores de brujas habían hecho notar que defendía el derecho al aborto—que está además consagrado en nuestra legislación—y por tanto no pasaba el test de pureza exigido.
Ese episodio ocurrió casi al tiempo con la injerencia del gobierno en el nombramiento en la dirección de un gremio—que no es un cargo público. La elegida para dirigirlo, también con credenciales de lujo, tenía como pareja a una figura pública que tampoco goza de los afectos de Palacio. El gobierno mandó la señal de desagrado y el nombramiento se torció.
Y cerramos la ronda con el despido del director del DANE —la agencia encargada de producir las estadísticas que había escogido el propio presidente pocos días antes.
Según el comunicado del gobierno, en el centro de las causas del despido estuvo una declaración del director ante la pregunta de la prensa sobre la veracidad de las estadísticas producidas en el pasado reciente. El director respondió que a la fecha no tenía ningún indicio para dudar de esos datos. No poner en duda esas cifras tampoco cuadra, al parecer, con las cláusulas de la membresía sectaria. (Lo paradójico es que, si ahora aparecieran indicios de errores en las estadísticas, ese anuncio no tendrá ninguna credibilidad pues el mandato de la dirección escogida parece incluir demostrar que hubo errores so pena de despido).
Los frutos del fracaso del gobierno previo nacieron de las semillas sectarias que dieron fruto a los cinco meses del mandato cuando empezó a despedir a los ministros que no venían de las bases más extremas de la izquierda. Del gobierno actual llevamos cinco semanas.
X: @mahofste