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27 Mar 2022 - 2:00 a. m.

Ecos de la guerra económica

OPINIÓN

Rusia había acumulado al cierre de 2021 más de US$600.000 millones en reservas internacionales. Esa cifra era cuatro veces más alta que toda su deuda externa de corto plazo y le alcanzaría para pagar dos años completos de sus importaciones usuales.

Según cálculos del FMI, que construye unos indicadores sobre el nivel adecuado de reservas internacionales coherentes con las características de cada país, Rusia lideraba ese ranquin mundial, duplicando la cifra que el propio FMI estima como adecuada. De hecho, en los 20 años que lleva esa institución calculando el indicador, el último registro ruso previo a la guerra es el más alto entre todos los países y años para los cuales hay datos.

El crecimiento en dicho indicador ruso comenzó en 2014, el año de la anexión de Crimea por parte de Rusia. A la luz de los acontecimientos recientes, parece claro que los rusos venían apertrechándose de moneda extranjera para lidiar con los tiempos de la nueva guerra y poder seguir, una vez iniciada, pagando los bienes, servicios e insumos que su economía adquiría en el resto del mundo.

Pero las reservas internacionales no están guardadas en unas bodegas en los Bancos Centrales de cada país, sino que están invertidas en título transados en los principales centros financieros internacionales.

La fuerte reacción de buena parte del mundo contra la invasión rusa de Ucrania incluyó el congelamiento de los activos rusos invertidos en el exterior en todos los países que se sumaron a las sanciones. Los rusos que estaban tan bien apertrechados de moneda extranjera se encontraron con que buena parte de esa munición quedó, por lo pronto, decomisada. Esa fortaleza, esa exuberante provisión, terminó convertida en una vulnerabilidad.

Esta no es una simple anécdota del campo de batalla económico que se libra por fuera de las fronteras ucranianas. El congelamiento de las reservas internacionales desatará una repensada de muchos países sobre su marco de funcionamiento monetario.

En el mundo emergente, tener un colchón robusto y bien invertido de reservas internacionales se había vuelto una condición necesaria para señalar a los mercados foráneos la fortaleza de la economía local. Pero si en escenarios de conflicto esas reservas las pueden congelar terceros que toman partido en este, resultará conveniente incorporar esa dimensión a lo hora de estimar los montos adecuados de reservas y las monedas en que están invertidas.

Por un lado, el temor a una confiscación puede hacer óptimo que los países reduzcan su exposición a ese riesgo reduciendo la bolsa de recursos en moneda extranjera. También puede implicar un reacomodo a través de distintas divisas: por ejemplo, gobiernos con líneas ideológicas opuestas a “Occidente” podrían empezar a migrar sus reservas hacia el yuan chino.

La reducción en los montos y el redireccionamiento de las divisas a orillas financieras que prometan afinidad ideológica tendrán implicaciones importantes sobre la arquitectura financiera. De paso, habremos de repensar alternativas a esos muros de contención, esas señales de fortaleza que solíamos enviar vía robustos colchones de reservas internacionales.

@mahofste

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