7 Nov 2021 - 5:00 a. m.

Estética y Estado

Deambular por las calles bogotanas puede ser desolador. Hay, sin duda, partes de la ciudad que enamoran. Sin embargo, enormes porciones de esta son un elogio a la fealdad y la dejadez.

Un ejemplo de lo que describo son algunos de los corredores de Transmilenio. Un pasajero que atraviese la ciudad por el corredor de la NQS o de la Caracas verá a lado y lado edificaciones en cuyas paredes y puertas se han acumulado décadas de pintarrajeadas, largos trayectos donde en el proceso de construcción del corredor el Distrito compró los predios que antes daban al frente y los derrumbó para darles paso a andenes y carriles, dejando ahora contra la vía pública el reverso de edificaciones con altas paredes de diversas alturas. Un exabrupto urbano: edificaciones que le dan la espalda a la ciudad.

En la mayor parte de la urbe nuestro paisaje está adornado por cableados aéreos: postes que sostienen cables de electricidad, teléfonos y televisión que se han ido sobreponiendo unos sobre otros a lo largo de los años. A pocas cuadras de mi casa conté 25 de esos cables entre dos postes que se han ido inclinando bajo su peso, al punto que el cableado se puede tocar con solo estirar el brazo. El Distrito debe tener un plan que apunte a que en poco tiempo se entierren todos los cables que aún penden sobre nuestras cabezas.

La estética urbana no es un capricho frívolo. Afecta el disfrute de la ciudad, el sentido de pertenencia, el trabajo comunitario, la inversión en nuevos locales de ocio, de arte, de comidas y de vivienda, el turismo, el valor de los predios y su correspondiente recaudo. Las zonas de marras son sitios por los que evitamos circular, que no consideramos para vivir, en los que preferimos no trabajar.

En muchas partes de la ciudad reversar ese deterioro, subirse al carril del embellecimiento comunitario, enfrenta un problema de coordinación: el dueño de un predio no hará esfuerzo alguno por mejorar su fachada si sus vecinos no lo hacen, si los cables siguen pendiendo sobre su local, si la cuadra del frente mantiene su decadencia.

Allí debe jugar un rol clave el gobierno distrital. Un equipo de urbanistas de este puede convocar a los vecinos, asesorar las mejoras e incluso subvencionar parte de estas directamente o vía descuentos a los impuestos a la propiedad. En muchas partes de la ciudad, la asesoría y la coordinación pueden acabar en la instalación de jardines verticales.

Estos, por un lado, van de la mano con el propósito de reverdecer la ciudad y, por otro, pueden ser un antídoto eficaz contra nuevas rondas de pintadas en la fachada que echen a perder el proceso.

Hay experiencias exitosas de esfuerzos público-privados dedicados a estas tareas. Por ejemplo, Barcelona tiene un instituto público que lideró entre otros la muy exitosa campaña “Barcelona, ponte guapa”, que transformó la ciudad de cara a los Juegos Olímpicos de 1992.

@mahofste

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