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Hace 35 años, en el famoso libro La macroeconomía del populismo en América Latina, Miguel Urrutia—quien poco tiempo después encabezaría el Banco de la República que conduciría al país a inflaciones de un dígito—escribió un capítulo con un título elocuente: Sobre la ausencia de populismo económico en Colombia. Dado que las políticas económicas populistas habían sido seguidas por la mayoría de los países de América Latina incluidos Argentina, Brasil, Chile, Ecuador, Perú, Venezuela y México Urrutia exploró las razones por las cuales el populismo no había llegado a Colombia.
Las políticas económicas populistas incluían aumentos considerables de los salarios reales y del gasto público y una nula atención al déficit fiscal o la inflación. Las estrategias involucraban siempre alguna forma de apelación al ‘pueblo’ y al anti-elitismo. Como los números son tercos esas aventuras acabaron en su mayoría con gobiernos quebrados e inflaciones de varios dígitos.
¿Por qué no había Colombia tenido populismo económico? Urrutia citaba ocho razones:
La primera, Colombia había tenido una democracia estable durante más de 160 años, con solo dos breves periodos de gobierno militar, en contraste con otros países latinoamericanos donde el populismo surgió en contextos de crisis institucional o transición democrática. (En el s. XXI cambiamos un articulito, luego lo borramos, ahora vuelve el ruido de la Constituyente).
Segundo, los partidos políticos tradicionales, liberal y conservador, habían sido fuertes evitando la emergencia de líderes carismáticos con agendas populistas. (Esa fortaleza se perdió el siglo XXI).
Tercero, los presidentes solían ser tecnócratas o intelectuales con conocimiento en economía y aversión a políticas populistas. (Hmmm)
Cuarto, el sistema político colombiano se había basado en el clientelismo, es decir, la distribución de favores y recursos públicos a cambio de apoyo político, en vez de grandes programas de redistribución macroeconómica típicos del populismo. El clientelismo había permitido una redistribución progresiva del gasto público vía acceso a servicios públicos y subsidios para los más pobres, sin recurrir a políticas fiscales o monetarias expansivas que generaran inflación. (El gasto público está desbocado y hay un ataque al Banco de la República para que se una a la fiesta expansionista).
Quinto, aunque Colombia tenía una distribución del ingreso muy desigual en los años 60, había una mejora significativa en las últimas décadas lo que reducía la demanda social por soluciones populistas. (Esas mejoras se estancaron en niveles muy altos).
Sexto, las áreas clave de la política económica como el Ministerio de Hacienda, Junta Monetaria y el Departamento Nacional de Planeación habían estado en manos de tecnócratas, aisladas de la política clientelista y de presiones populistas. (Hmmm.)
Séptimo, la clase política y la sociedad colombiana habían mostrado una baja tolerancia a la inflación, que era vista como un fenómeno negativo y políticamente costoso. (Con salarios, pensiones y otros precios tan indexados a la inflación, es plausible que ahora la toleremos más).
Octavo, la existencia de una prensa libre e independiente había permitido el escrutinio y la crítica de cualquier intento de política económica populista, desincentivando su adopción. (La prensa ha vivido ataques enormes del gobierno y hay un uso desvergonzado de medios e influenciadores adscritos al gobierno empujando su causa).
Quizás, si Urrutia estuviera escribiendo sobre este tema en 2026 el texto lo habría titulado Sobre la llegada del populismo económico a Colombia y tendría ocho argumentos que explicarían su paulatina adopción.
