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2 Oct 2022 - 5:05 a. m.

Lo que F se preguntaría

En los 80, de tanto en tanto, F venía de visita a la casa en la que me crie en Bogotá. F sabía llegar a la cuadra en que vivíamos, pero siempre dudaba sobre cuál era nuestra casa. Al entrar, con orgullo, describía su truco infalible para timbrar en el predio correcto: “es el que tiene menos bolsas de basura en el andén”.

No voy a especular sobre los hábitos que hacían que hubiera menos basura frente a nuestra casa. El punto es que había invariablemente bolsas de basura frente a cada una. Los vecinos sacaban la basura en los días en que se suponía sería recogida, pero la empresa de aseo pública, la EDIS, jamás cumplía los cronogramas prometidos y los residuos se quedaban por días frente a los predios a la espera de que eso ocurriera.

Han pasado varias décadas desde que F echaba mano del análisis de las basuras para saber dónde timbrar. Hoy su truco no serviría: las empresas (ahora privadas) encargadas de recoger la basura lo hacen sin falta en los días prometidos. F no podría contar bolsas frente a los predios. Pero F notaría que, si bien la empresa pasa y recoge puntualmente los residuos, la ciudad tiene escombros desparramados por todas partes que nadie recoge.

Constato algunos hechos que han cambiado desde las visitas de antaño de F. Por ejemplo, que ahora la ciudad tiene miles de contenedores para el depósito de desechos y de material reciclable. Son, comparados con los que hay en otras partes del mundo, muy pequeños. Parte del desastre actual surge porque una vez llenos los depósitos, los ciudadanos empiezan a depositar residuos alrededor de estos. Si no se agrandan o vacían más frecuentemente, seguirán siendo una fuente de basuras al aire libre.

La ciudad también se llenó de pequeñas canecas. No es claro que se necesiten: en muchas otras ciudades del mundo no las hay pues es muy costoso estarlas vaciando. En Bogotá muchas de estas también se llenan e invitan a los ciudadanos a arrojar más desechos a su alrededor formando otra fuente de mugre.

Otra dimensión en la que la ciudad cambió es en su población recicladora informal. Cuando F nos visitaba, podía toparse con una carroza tirada por un caballo que iba buscando materiales reciclables. La tracción animal fue prohibida durante la alcaldía de Petro. Ahora, sin haber logrado un sistema público eficiente de reciclaje, las carrozas son de tracción humana. Pelotones de estas se agrupan a lo largo y ancho de ciudad y van dejando a su paso una estela de basuras. Su incorporación a un sistema de reciclaje formal, organizado por el distrito, de la mano con la prohibición de los vehículos de tracción humana debiera ser una prioridad de la política.

Pero al margen de esos tres grandes cambios que vería, F no podría dejar de preguntarse cómo es posible que una ciudad tan rica como Bogotá, donde se produce la cuarta parte de todos los ingresos del país, no es capaz de operar apropiadamente uno de los servicios públicos más primarios, el de mantener sus calles y parques limpios. Esa pregunta, advierto, resonaría por la ciudad: si algo caracteriza a F, además de su perspicacia para ubicar predios, es el vozarrón más intimidante del que tenga noticia.

Twitter: @mahofste

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