La guerra en Oriente Medio, epicentro mundial de la producción de petróleo y gas, tiene los precios de estos productos por las nubes. En una semana el barril de petróleo se encareció más del 25 % y las importaciones de gas de Europa más del 60 %.
Si hubiéramos visto esta película hace unos años, la palabra “bonanza” describiría bien la situación: Colombia tenía una importante producción de petróleo, sus exportaciones eran el motor de las divisas, alcanzó a refinar tres cuartas partes de la gasolina consumida internamente y era autosuficiente en el consumo de gas. Hoy en día la película no va de bonanzas.
En 2026, la producción de petróleo es 30 % menor a la de hace una década y la de enero de 2026 cayó más de 3 % relativa a la de un año antes. En cuanto al gas, hace tres años perdimos la autosuficiencia. En enero de 2026 produjimos 17 % menos gas que hace un año y ahora la quinta parte de la demanda interna es importada. Y en gasolina, ahora refinamos menos de la mitad del consumo local.
Esta coyuntura pone de relieve cuán miope ha sido la política energética de este gobierno. Desde el comienzo cerró la puerta a nuevas exploraciones de hidrocarburos y cargó al sector con impuestos. Algunos de estos fueron tan absurdos que la justicia los declaró inconstitucionales. La andanada no ha parado: la emergencia económica del mes pasado le vuelve a cargar la mano a las empresas del sector. Así, no es sorprendente que la inversión extranjera en ese sector haya sido en este gobierno 10 % menor a la que había antes de la pandemia, ni que la producción minera sea hoy 9 % más pequeña que la que teníamos al comienzo del gobierno, ni que haya 25 % menos taladros activos en los campos.
Naturalmente, que Colombia deje de producir hidrocarburos no tiene ningún efecto sobre el cambio climático —la razón argüida para justificar las políticas. De hecho, cerrar la producción local puede incluso ser contraproducente en términos climáticos. Por ejemplo, las importaciones de gas han venido de la mano con un incremento muy relevante en los precios que pagamos sus usuarios. Como consecuencia, la demanda de gas natural ha retrocedido a niveles de hace más de una década y sus sustitutos, como el carbón, el GLP o la madera tienen peores consecuencias ambientales. Además, el gas importado deja huellas ambientales mucho mayores al tener que transportarlo hasta el país.
Ese tiro en el pie de la reciente política minera ha sido completado con un manejo impropio de Ecopetrol. El mercado así lo ve: la acción de la compañía en la bolsa de Nueva York ha subido solo 4% desde el comienzo del gobierno. A manera de comparación, la de su par brasilero aumentó 32%.
Aquí hay un mango bajito para el próximo gobierno. Una política amigable con el desarrollo del sector minero y con un manejo profesional de Ecopetrol, con impuestos nivelados con los del resto de negocios y reabriendo la posibilidad de fracking ayudará a generar inversión, producción, ingresos y empleos. Ese desarrollo también aliviaría las arcas públicas que tendrían más espacio para financiar políticas ambientales que sí disminuyan nuestro aporte al cambio climático como estrategias para reducir el uso local de combustibles fósiles y luchar contra la deforestación que es el principal aporte negativo de Colombia al clima global.
X: @mahofste