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A votar sin miedos

Marcelo Caruso A.

28 de abril de 2026 - 12:05 a. m.

Antes que la toma de posición electoral en una columna, creo es más productivo tratar de comprender los pensares subjetivos que definen los votos, en particular de esa parte de la población que no tiene una posición política definida, pero perciben los avances y dificultades objetivas que han marcado al gobierno que hoy busca su continuidad.

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En el país que siempre disputa los primeros lugares como el más feliz del mundo, es importante tener en cuenta que esa tendencia a idealizar la felicidad, que se expresa en las danzas tradicionales, la buena rumba y los encuentros festivos, son escapes inventados por el subconsciente colectivo. Así, y durante más de 60 años, se intenta vivir sin caer en la depresión en un país con graves conflictos internos, insuperables mientras no se resuelva una legalización global y controlada del tráfico y consumo de drogas.

La reacción es muy parecida al caso de los vietnamitas, quienes desarrollaron un humor muy fino luego de resistir por décadas a la ocupación francesa (1883-1954) y a la intervención militar de EE. UU. (1955-1975). Los iraníes, que resistieron por más de 50 años la dictadura de los Pahlevi (1925-1979), tuvieron en la última década una bella inclinación hacia las artes como canalización de sus sentires oprimidos. Y en la Segunda Guerra Mundial, los jóvenes de Estados Unidos que no habían sufrido la Primera guerra se alistaban felices para derrotar al nazismo, sin la comprensión de los miedos que les llegarían al sufrir las consecuencias mortales de la guerra.

En general, fueron formas de absorber las realidades que les tocaba vivir, de aguantar sus dolorosos impactos —junto con resistencias colectivas— por pueblos que se enfrentaban con violencias internas y externas que, en el corto y mediano plazo eran generadoras de miedos difíciles de superar con una perspectiva de paz.

Hoy las neurociencias nos enseñan que el ejercicio autoritario del poder altera la neuroquímica del cerebro. Para el neurólogo inglés, Peter Garrard, “lo degrada de forma más profunda y persistente cuanto mayor y más duradero es ese poder, y lo degrada del todo si carece de límites. Ser obedecido —o creer serlo— magnifica la autoconfianza del poderoso en sus propias habilidades hasta privarle de la capacidad de dudar de sí mismo y termina aislado de la realidad”. Enajenado, “loco”, algo que hoy se está discutiendo en el Congreso de EE. UU. Pero que de eso se encarguen los que pueden hacer algo en lo inmediato para cambiar esa deformación del poder autoritario que intenta expandir su control sobre los territorios más valiosos del planeta, sea por su papel geoestratégico o sus riquezas naturales.

A nosotros nos toca analizar cómo funcionan sobre la ciudadanía colombiana los miedos sociales y políticos generados por estas amenazas, cuando sus consecuencias han sido genocidios y violaciones masivas del Derecho Internacional Humanitario (entre los guerreros y de estos con la población civil). Que a la hora de votar la mayoría de la juventud diga que opta por la continuidad del gobierno del cambio, y lo mismo digan los y las mayores de 55 años, indica en los primeros una desobediencia frente al autoritarismo y un mundo por vivir, y en los segundos una sabiduría basada en su experiencia.

Donde las cosas se equilibran es en las generaciones intermedias. Unas están viviendo la búsqueda de resolver sus necesidades personales y familiares, y tienen miedo de que las amenazas internas y externas les alejen de las soluciones; y otras, que ya las tienen resueltas, temen que se las rebajen por priorizar a los de abajo.

Se requiere entonces acudir a la psicología política para develar la relación de dominación que se quiere imponer por el imperio y sus seguidores/as, y así ayudar a superar esa creencia sumisa de que ese líder es infalible y capaz de ver más allá de lo que puede ver la ciudadanía. Así como la obediencia ciega se puede convertir en causa colectiva de los más frágiles, la desobediencia al poder autoritario ha creado más sólidas y transformadoras identidades en las comunidades que exigen sus derechos. A votar sin miedos.

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