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Su origen histórico proviene de situaciones en que las clases dirigentes y sus partidos tradicionales tienen el riesgo de perder la hegemonía política de la sociedad. Se inventan entonces estrategias preventivas con candidatos ajenos a sus fuerzas tradicionales (militares, empresarios, personajes de la farándula, muy pocas veces mujeres) que son utilizados para desviar los ímpetus de las luchas sociales críticas del sistema. Con promesas demagógicas que en su mayoría serán incumplidas, apuestan a restablecer el control del equilibrio perdido. Rojas Pinilla fue una versión de ello y sus réplicas modernas recorren nuestro continente de políticos y partidos desacreditados.
En el bonapartismo el mesiánico gobernante se coloca, en apariencia, por encima de las distintas clases y los sectores políticos y sociales, criticando las consecuencias de la crisis sistémica —la corrupción, la desigualdad—, pero escondiendo sus causas estructurales. Su accionar más incierto se presenta cuando se afirma en el poder político que le han prestado las clases tradicionales y tiende a autonomizarse, de lo cual Uribe es un ejemplo en extinción. Rápidamente se pone por encima del propio Estado y su vulnerable democracia, y pasa a ampliar su espacio de poder político y económico. Anuncia su intención de favorecer a todos por igual, sabiendo que para darles a unos debe quitarles a otros. A quién le quita y cómo logre construir su propia casta dirigente definirá su rumbo autoritario regresivo o progresista paternalista.
Cuanto más débil es la formación política de la ciudadanía —realidad que en Colombia se expresa en la franja poblacional que ha vivido casi 70 años de guerra continuada—, más posibilidades de éxito tiene el bonapartismo regresivo. Se comprobó en El Salvador y se anuncia en Argentina con el comediante Milei. El grado de autoritarismo que asuma depende de su propia formación y sensibilidad, y el rumbo que termine adoptando se define por las presiones políticas y sociales que reciba y cómo las procese. El rumbo es más peligroso cuando —como sucede en Colombia— la formación humanística, social y política del candidato es casi nula y no está en sus planes construir proyectos políticos críticos que democráticamente representen a las fuerzas sociales que exigen cambios de fondo. Y es más grave aún cuando su variable estrategia acomoda los discursos a las recomendaciones de sus asesores para aparecer progresista, negando todo lo dicho anteriormente con espontanea sinceridad, lo cual indica que de llegar al poder volverá a negarlos sin escrúpulos ni ética política, que le es ajena.
Confrontar a los bonapartistas siempre ha sido complicado para quienes presentan propuestas consolidadas de cambio, pero sufren la estigmatización ideológica de los grandes grupos de poder. Estratégicamente deberían continuar con la estructuración de un movimiento social-político unificado, con raíces en los trabajadores por cuenta propia y asalariados, en los sectores populares y capas medias, en los afros y los pueblos indígenas, y sobre todo en las organizaciones de mujeres y jóvenes con capacidad para actuar con autonomía e independencia programática. Para los bonapartistas el discurso de los derechos humanos y las libertades para exigirlos es también completamente ajeno, en particular los económicos, sociales y culturales, por lo que es fundamental explicar cómo se garantizarán en cada sector social concreto. Diferenciarse mostrando que la democracia directa se expresará en consultas ciudadanas que tomen la decisión de las políticas públicas, las que serán impulsadas por el gobierno y el Congreso del cambio verdadero. Los autoritarios gobiernan a la gente, los verdaderos demócratas gobiernan escuchando y decidiendo con la gente.
En estos casos, donde no existen estructuras políticas que soporten al mesiánico y frágil candidato, no se sabe quién gobernará en su nombre: si la extrema derecha que mayoritariamente lo apoya o los excentristas que con mucha docilidad se suman a su séquito, sabiendo ambos que deberán sufrir su autoritarismo. En lo concreto, el debate es de sentido común —si bien es también ético y político en lo nacional y estético frente al mundo— y se resuelve en la calle, puerta a puerta, explicando con simpleza la situación. El miedo a tener en cuenta es el ensamble a la carrera de un nuevo modelo de candidato, que tendrá mucho de Hitler y muy poco de Einstein.
