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¿Consejo de qué?

Marcos Peckel

23 de febrero de 2022 - 12:00 a. m.

A pesar del ruido, declaraciones y amenazas, no mucho ha cambiado en el terreno en Ucrania, hasta ahora, tras los recientes acontecimientos. Las regiones separatistas del Dombás se encuentran desde el 2014 bajo control de milicias prorrusas con el apoyo directo del Kremlin, por lo que el reconocimiento formal a las “republicas populares” de Donetsk y Luhansk es desde la óptica de Moscú una validación jurídica de la realidad. Tampoco ha cambiado lo que para Putin ha sido desde siempre la inexistencia de la nación ucraniana y menos aún su soberanía territorial, aduciendo que fueron “regalos apaciguantes” por parte de Lenin y Kruschev.

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En Ucrania se repite la historia de Georgia, 2008, cuando tras la ocupación militar de las repúblicas de Osetia del Sur y Abjasia, estas fueron reconocidas como “independientes” por el Kremlin. El primer antecedente había ocurrido con la separación de la “República de Transnistria” de Moldavia a comienzos de los años 90, impulsada igualmente por el Kremlin. De esta manera Putin está creando republiquetas vasallas en lo que fuese territorio de la antigua Unión Soviética.

Es posible que tras la entrada de “tropas de paz rusas” al Dombás, Putin desescale la situación en las demás fronteras de Ucrania, evitando la guerra. Esto asumiendo que Kiev no reacciona ante la anexión de facto de la región separatista y que Occidente se limita a sanciones económicas y diplomáticas. Solo Putin sabe su siguiente paso.

Hay que recordar que, en el derecho internacional, cuando un Estado implosiona, las fronteras reconocidas de los nuevos Estados son las que imperaban en el interior del Estado que ha cesado de existir. Por lo tanto, las fronteras internacionalmente reconocidas de Ucrania son las que tenía en la URSS, incluyendo Crimea. Con lo acaecido desde 2014 el sacrosanto concepto de respeto a la soberanía queda aniquilado ante la impotencia del sistema internacional.

Entre tanto en Nueva York, el Consejo de Seguridad, presidido por no otro que Rusia, se reúne, en “modalidad de circo” para entretener a la galería y no hacer nada pues simplemente no puede. Paralizado completamente desde el comienzo de la guerra civil en Siria, en la que Rusia, con el apoyo de China, desplegó el paraguas diplomático incondicional al genocidio de Assad, el Consejo ha cesado en las funciones para las cuales fue creado por los vencedores de la segunda guerra mundial: “preservar la paz y seguridad mundial”. Nada ha hecho en Yemen, Etiopia, Myanmar, África Occidental, por mencionar solo algunos.

El veto veta toda acción y lo que ocurre en Ucrania será otro paso mas en la creación de facto de un nuevo paradigma de seguridad en Europa que tendrá una dinámica propia en la que Ucrania es solo un capítulo de los que seguirán. Rusia, “humillada” tras el fin de la Unión Soviética, busca recuperar su protagonismo, su destino manifiesto y lo que considera su zona de influencia y ni la OTAN obstruirá su misión. Por ahora.

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