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Un mes largo desde que comenzó la brutal invasión de Rusia a Ucrania y aún estamos lejos de conocer como será el día después, si es que hay uno, para ambos contendientes, para Europa y para el mundo. Algunos cambios ya son irreversibles independientemente de cómo termine la guerra, comenzando por el golpe de gracia al actual sistema multilateral, a las normas del sistema internacional, al respeto básico de los derechos humanos y a la soberanía territorial de las naciones. Con una orden, Putin dio al traste con el orden mundial. Surgirá otro, incierto aún, tal como ocurrió tras las guerras napoleónicas, las guerras mundiales y el colapso del bloque soviético.
Un multilateralismo completamente fraccionado alrededor de dos grandes burbujas, una occidental recargada y fortalecida y otra centrada en el eje Moscú-Pekín, con dos sistemas financieros desacoplados, estándares tecnológicos diferentes y opuestas prioridades de gobierno y gobernanza. Dos soledades compartiendo planeta. Estos dos sistemas podrían divergir hacia un juego de suma-cero, en que los países están en una u otra, difícilmente en las dos. Podrán resurgir las guerras entre Estados, invasiones, despojo territorial, fortalecimiento de los ya existentes territorios sin Estado y descenso al caos internacional en que los poderosos pueden hacer de las suyas.
En lo referente a la guerra, los escenarios posibles dependerán de lo que ocurra en el terreno, gran incógnita al momento de escribir estas palabras. Nada se puede descartar comenzando con una victoria parcial ucraniana, que, sobre las ruinas del país, mantenga la soberanía, su gobierno elegido, su democracia y su libertad, si bien podrían tener que despedirse de Crimea, el Dombás, la UE y la OTAN. Las tropas rusas retornarían a su país, cargando miles de ataúdes de soldados que murieron sin saber para qué. Al otro lado del espectro de escenarios, Putin, frustrado por la resistencia ucraniana y ahogado por las sanciones de occidente, podría escalar el conflicto a niveles que quizás en nuestra ingenuidad eran impensables. Al uso de armas químicas que ya ha ocurrido en conflictos que involucran a Rusia, se agregaría la utilización de armas biológicas y nucleares tácticas o estratégicas dando comienzo a una conflagración global. Putin podría arreciar su construcción de la rusoesfera, invadiendo Georgia y Moldavia, países no miembros de la OTAN o podría medirle el aceite a Occidente atacando a Polonia o los países bálticos.
En medio de esos dos escenarios, aparece la instalación de un régimen títere del Kremlin en Ucrania, sin legitimidad alguna. Otro escenario, difícil de calibrar, sería la caída de Putin, en un golpe por parte de sus acólitos, tan acostumbrados a las veleidades de Occidente y su buena vida o improbable quizás, pero no descartable, una revuelta de la población rusa presa de una caída vertical de su estándar de vida debido a las sanciones, imposibilidad de viajar, de acceder a los buenos productos de Occidente y empujados a un aislamiento como nunca habían sufrido, ni durante los zares ni los comunistas.
Escenarios, tan solo escenarios. Y los que faltan.
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