El uso liberal que se ha dado a la palabreja “Occidente” hace referencia a un término algo ambiguo, que identifica un grupo de países que los unen supuestos valores comunes, democracia, libre mercado y apoyo a un orden mundial basado sobre reglas y normas. “El declive de Occidente”, una expresión también recurrente por estos días, ante el ascenso de potencias como China y Rusia, el descontento generalizado en amplios sectores de la población, la inequidad, el desgaste del modelo neoliberal y el cuestionamiento al mismo sistema democrático.
¿Cuáles son los Estados que verdaderamente hacen parte de ese “Occidente” etéreo? ¿Países ricos, Europa, la angloesfera, los miembros de la OCDE, de la OTAN, los aliados regionales de Estados Unidos? ¿Aquellos países que se autodefinen miembros del club de Occidente?
¡Pero no contaban con mi astucia! Apareció Vladimir Putin y su invasión a Ucrania, que quizás previó que “sería un paseo”, que los ucranianos iban a levantar sus manos impotentes, que nadie haría nada tal como ocurrió en 2014 cuando dio el golpe de mano a Crimea, que se saldría con la suya.
Esta vez, sin embargo, quién dijo miedo. La reacción de Occidente y su más emblemática alianza, la OTAN, han sido fulminantes y decisivas. Europa, ese continente que parecía envejecido, paralizado geopolíticamente, paquidérmico, dividido, entendió que la amenaza rusa comenzaba en Ucrania, pero no terminaba ahí. El viejo continente rejuveneció, sintió de cerca su vulnerabilidad, se lamentó por sus años de negligente gasto militar y tomó cartas en el asunto. Varios países, comenzando por Alemania, incrementaron su presupuesto de defensa, impusieron fuertes sanciones a los agresores y, liderados por Estados Unidos, construyeron un puente aéreo armamentístico que ha tenido una influencia decisiva en los resultados de la guerra en el terreno.
El boicot a Rusia por parte de gobiernos, empresas, individuos, organismos internacionales, culturales, deportivos y académicos es una respuesta espontánea a lo que es percibido en Occidente el cruce de una línea roja, una amenaza a su forma de vida. Gracias a la reacción de Occidente, Rusia queda debilitada por su aventura bélica en Ucrania, resquebrajada su credibilidad como potencia militar convencional, aislada, dependiente de China y viendo impávida como el mundo busca alternativas a sus exportaciones energéticas.
Lo más significativo quizás del resurgir de Occidente es una OTAN recargada, provista nuevamente de una misión y con pretendientes golpeados a su puerta, comenzando por Finlandia y Suecia, dos países de Occidente, que sin embargo habían sido reacios a vincularse a su alianza militar. Sin embargo, tras Ucrania, sienten que esa “neutralidad” no los protege de posibles designios del Kremlin. La OTAN ha dejado claro que no se quedará de brazos cruzados frente a un ataque a uno de los suyos. Ese grito de batalla fue escuchado en Helsinki y Estocolmo y en otras capitales quizás.
Occidente vive, resurge y vigorizado afirma su lugar en el mundo. Gracias, Putin.