Decía don Alexis de Tocqueville, el gran diplomático francés del siglo XIX: “la polarización da lugar a una lógica amigo-enemigo y a comportamientos caracterizados por la ilegalidad y la violencia”. Podría agregarse que la polarización pone en grave peligro las democracias. Los argumentos, propuestas e ideologías, quedan sepultados en un mar de descalificaciones personales y ataques rastreros. En esta época de redes sociales desaforadas, se agregan al caldo “fake news”, suplantaciones de voz e imágenes, mentiras, montajes, tergiversaciones, medias verdades y demás, convirtiéndose la democracia en juego de suma cero, contrario a lo que se supone que debe ser: un debate civilizado y público de ideas y programas en un marco de tolerancia y respeto.
Contribuyen a la ruptura social y del debate democrático, las “burbujas identitarias” surgidas en las redes para reunir personas que piensan igual, autoempoderándose unos con otros, declarando enemigos a aquellos que no comparten sus ideas, haciendo encuestas espurias entre sus acólitos para demostrar la superioridad de sus ideas o candidatos y sintiéndose superiores e invencibles. Lo estamos viendo y viviendo en nuestra campaña electoral.
La revolución francesa sufrió un golpe de gracia debido la aguda polarización que enfrentó a Maximilian de Robespierre con supuestos “opositores de la revolución, facilitando el ascenso al poder de Napoleón Bonaparte. El nacionalsocialismo llegó al poder en Alemania como resultado de una sociedad polarizada in-extremis. Hugo Chávez, más que nadie, atizó la polarización en Venezuela con palabras y hechos. El término “pueblo” aplicaba únicamente a sus acólitos, mientras que los opositores eran “gusanos” o “pitiyanquis”.
Son múltiples las razones de la polarización en nuestros tiempos. Sociedades fragmentadas, desigualdad, incertidumbre económica, temor al futuro, ascenso de la antipolítica, crisis de los partidos políticos tradicionales y ascenso de nuevas fuerzas sociales, entre otros. La polarización crece igualmente por la presencia de múltiples fuentes de información, credibilidad cuestionable de los medios de comunicación tradicionales, búsqueda de culpables para todo, desaparición de los matices e irrupción de “líderes fuertes” blandiendo soluciones facilistas. El centro no existe. Paradójicamente, es la misma la democracia la que cultiva esas fuerzas centrífugas que podrían eventualmente reventarla.
En las democracias más consolidadas del planeta la polarización está pasando factura. Estados Unidos, Gran Bretaña y España por mencionar solo algunos, mientras que, en nuestra América, la polarización está al orden del día: Brasil, Chile, Perú y México, entre otros. También por estos lares.
La historia nos ha enseñado que las sociedades que caen en polarización irreconciliable terminan en la mayoría de los casos cavando su propia tumba como colectivo armónico que comparte un territorio. El resultado no es otro que guerras civiles, enfrentamientos en las calles, vandalismo, violencia, destrucción de las instituciones y del tejido social, rompimiento del orden, demolición de los puentes necesarios para evitar la catástrofe y ascenso de tiranos. Una vez en ese infierno, no hay retorno.
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