No son las tradicionales posturas derecha-izquierda otrora enfocadas en el manejo económico, frente al cual se han desarrollado amplios consensos acerca de la necesidad de mantener estabilidad macroeconómica, el rol del sector privado, una aversión a las una y otra vez fracasadas estatizaciones y comercio más o menos libre de trabas. Fue Hugo Chávez el mayor sepulturero de ese modelo de izquierda que hundió a Venezuela en un abismo económico del cual no levanta cabeza.
En la tercera década del siglo XXI las diferencias entre izquierda y derecha son otras, comenzando por el espinoso tema de la identidad, del cual se derivan los debates actuales que ocuparon lugar central en las recientes elecciones europeas, siendo el primo entre pares el tema migratorio.
Ya en 2015 con la masiva migración de sirios a Europa, el grupo Visegrado, que incluye a Hungría, Polonia, República Checa y Eslovaquia, cerró las puertas a la migración de musulmanes, pues “son contrarios a la identidad europea”, desestimando las imposiciones de Bruselas al respecto. El Visegrado, con sus gobiernos de derecha, se ha convertido en una “piedra en el zapato” en varios asuntos consentidos de Bruselas, incluyendo los derechos de la comunidad LGBT. Por otro lado, países como Alemania, Suecia y Austria, que recibieron un gran flujo de emigrantes sirios, además de afganos e iraquíes, generando en sectores de la población de esas potencias industriales europeas el mismo “angst” identitario. El Brexit, votado favorablemente en referendo en 2016 por los británicos, fue fuertemente influenciado por el tema migratorio y la perene resistencia inglesa “al continente”, contrario a su propia identidad.
Desde hace algún tiempo las mayorías silenciosas se hacen más audibles en una Europa y en una Norteamérica frente a lo que estas consideran excesivos privilegios a las minorías, ya sean raciales, étnicas, sexuales, económicas y otras. El fantasma del “antiwokenismo”, traducido quizás como “antiprogre”, recorre Occidente. Son esas voces las que retumbaron fuerte en los resultados de las recientes elecciones para el Parlamento Europeo, en los que el mayor crecimiento se dio en los partidos de derecha o de extrema derecha. En Italia barrió Meloni, quien no ha tenido pelos en la lengua frente a la migración y los temas de identidad sexual, mientras que en Alemania, el país en teoría más averso a la extrema derecha, el partido Alternativa por Alemania (AfD) cuadriplicó su votación. En la Francia de la V República, el partido de Marine Le Pen ganó por KO, lo que llevó al presidente Macron a disolver la Asamblea Nacional y convocar a elecciones parlamentarias en un mes. En Bélgica, el país de lo “políticamente correcto”, ganó la derecha dura por lado y lado en los dos territorios que componen el país, con la consecuente renuncia del gobierno.
En política exterior las diferencias entre izquierda y derecha son sorprendentes. La derecha europea en general apoya a Israel en su guerra contra el terrorismo mientras que la izquierda es virulentamente anti-Israel, si no pro-Hamás, cuando años atrás era lo contrario. La extrema izquierda española, derrotada en las urnas europeas, apoya a Maduro, mientras que la derecha de VOX aparece como adalid de la democracia liberal. Tanto izquierda como derecha han mostrado posturas contradictorias frente a la guerra en Ucrania.
Además de las tensiones sociales e identitarias que arrecian en Europa, que facilitaron el ascenso de la derecha, los desafíos para los 27 y demás Estados europeos son enormes: seguridad colectiva, retraso tecnológico, “sándwich” entre China y Estados Unidos, Rusia imperial, desindustrialización y agricultura, en momentos en que el viejo continente, con su nuevo parlamento, se apresta a recibir al nuevo-viejo inquilino de la Casa Blanca en enero 20 de 2025.
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