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La geopolítica por estos días y quizás desde siempre nos enseña que no hay que ser una gran potencia, ni siquiera una potencia media, para que un país se constituya en actor geopolítico importante y esencial. Algunos lo hacen con el fin de lograr rédito político y reputación, otros lo hacen silenciosamente, a la sombra, lo cual en ocasiones es vital. En la primera categoría están, entre otros, Noruega y Catar, que han sido mediadores “ruidosos” en conflictos con resultados mixtos, pero en la mayoría de los casos queriendo “sacar pecho”.
En la segunda, la de los “silenciosos”, aparecen el Vaticano y, en el Medio Oriente, el sultanato de Omán, país ubicado en la esquina suroriental del Golfo que ha sido clave en negociaciones entre enemigos para evitar escaladas o en facilitar acuerdos como el logrado entre Irán y el P5+1 en 2015 sobre el programan nuclear iraní. Un mediador de “canal trasero” entre Irán e Israel, Irán y Estados Unidos y otros.
En los últimos años ha surgido como importante actor geopolítico y sumándose el club de los mediadores la República de Azerbaiyán, país de mayoría musulmana shiita ubicado en la región sur del Cáucaso, con un pie en Asia y otro en Europa, independizado en 1991 tras la disolución de la Unión Soviética.
Azerbaiyán, poblado por tribus de origen turco provenientes de Asia Central, ha visto imperios ir y venir. Acá llegaron en su apogeo los romanos, los árabes en su rápida expansión por Asia en el siglo VII, los mongoles que destruyeron todo a su paso, el gran conquistador Tamerlan, varias dinastías persas y los rusos. El islam llegó con los primeros califas y, tras la dinastía Safávida en Persia, el islam shiita fue adoptado por los azerbaiyanos al igual que los persas.
En su capital, Bakú, ubicada a orillas del mar Caspio, nacía la industria petrolera mundial por allá a mediados del siglo XIX cuando dos familias extranjeras, Rothschild y Nobel (el mismo de los premios), entre otros, comenzaron a explotar ese líquido negro que servía para dar luz. A mediados del siglo XIX el 90 % del petróleo emanaba de Bakú.
En 2023, en una guerra relámpago contra Armenia su vecino y rival, Azerbaiyán ocupó el enclave de Nagorno Karabaj, poniendo fin a un conflicto de mas de 30 años entre los dos Estados, gracias a lo cual el país se enfoca desde entonces en desarrollar su potencial geopolítico.
El país está aprovechando sus ventajas geográficas y sus grandes riquezas de petróleo y gas para cimentar su protagonismo geopolítico, logístico y energético consolidándose en territorio de tránsito entre Asia Central y Europa, con un gran puerto en el mar Caspio, ferrocarriles, aeropuertos, gasoductos y oleoductos.
La vertiginosa victoria militar contra Armenia se da gracias a sus dos aliados fundamentales: Israel y Turquía, las dos grandes potencias militares del Medio Oriente, enfrentadas entre sí en diversos escenarios. Estas alianzas le han permitió de Bakú convertirse en un mediador y “canal trasero” clave entre los dos pesos pesados, Jerusalem y Estambul, especialmente para evitar enfrentamientos en Siria donde ambos mantienen presencia militar significativa.
El presidente Ilham Alíyev, en el cargo desde 2003, el cual heredó tras la muerte de su padre Heydar, mantiene además vínculos cercanos con Washington y Moscú, y fue en la Casa Blanca, bajo la mirada sonriente del presidente Trump, donde se selló el acuerdo de paz definitivo entre Armenia y Azerbaiyán en agosto pasado.
En el cambiante mundo de hoy, este pequeño país de 10 millones de habitantes se convierte en un considerable jugador en la geopolítica regional y mas allá.
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