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Geopolítica talibán

Marcos Peckel

25 de agosto de 2021 - 01:00 a. m.

Los talibanes encuentran una geopolítica mucho más favorable que la que encararon en el 1975. Esta vez llegaron para quedarse.

Opinión
Foto: Opinión
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Mientras persisten las dantescas imágenes desde el aeropuerto de Kabul de miles de personas tratando de huir de Afganistán, el tablero geopolítico regional sufre un fuerte sismo. El regreso de los talibanes al poder era inevitable una vez EE. UU. se retirara, sin embargo, no necesariamente la humillación reminiscente de Saigón 1975. Veinte años después de su primer periplo, los talibanes encuentran una geopolítica mucho más favorable que la que encararon entonces; la “era feliz” del hegemón norteamericano, cuando solo tres países reconocían al “emirato”.

La OTAN, cuya existencia pos-Guerra Fría ha sido objeto de cuestionamientos, queda resquebrajada y sufriendo una crisis de credibilidad, identidad, unidad y liderazgo. Lapidarias las declaraciones del exprimer ministro británico, Tony Blair, acusando a Biden de usar un “eslogan imbécil” para salir corriendo de Afganistán: “Debemos acabar las guerras eternas”.

Estados Unidos y Occidente enfrentan ahora un importante desafío. Si deciden privilegiar los derechos humanos y los de la mujer en su relacionamiento con los talibanes, pierden con cara y con sello, porque en ese terreno no van a lograr nada y Rusia y China llenarán el vacío.

En una era de competencia entre las potencias, protagonismos regionales, retroceso democrático y en derecho humanos, los talibanes ganan, ya cuentan con un apoyo inicial de Beijing y Moscú, amén del de otros países con intereses en la región. China, que hace años había entrado en contacto con los talibanes, se frota las manos, no sin prevenciones, de lo que puede conseguir en Afganistán sin haber invertido un solo yuan. La mera derrota de Estados Unidos es ganancia para China en su narrativa acerca del inevitable declive y poca confiabilidad de Norteamérica, la cual usa para ganar influencia. En la medida que los talibanes puedan garantizar la seguridad, los chinos entrarían a explotar las riquezas minerales afganas y con su iniciativa “belt and road” construir oleoductos, gasoductos y ferrocarril. A cambio Beijing exigirá que los talibanes se desliguen completamente de grupos radicales islámicos que operan en la provincia de Xinjiang, tierra de los uigures.

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De igual manera, Rusia demandará que los talibanes no apoyen organizaciones radicales que operan en la Federación Rusa y en Asia Central. Moscú ha sido muy cálido en su bienvenida a los talibanes, parece ser partícipe de la formación del nuevo gobierno, y RT, la agencia de noticias del Kremlin, ha emitido constantemente noticias positivas de lo que ocurre, en contravía de las que narran las agencias occidentales.

Irán, que comparte una frontera de mil kilómetros con Afganistán, tiene garrote y zanahoria para jugar sus cartas cuidadosamente con su incomodo vecino, lograr acuerdos con los talibanes y encontrar un manejo adecuado a los miles de refugiados que cruzarían por Irán hacia Turquía y de ahí al lugar que sea.

Esta vez los talibanes llegaron para quedarse, su tiempo ha sido la eternidad, el vecindario tendrá que reacomodarse, el mundo “tragarse el sapo” y a las mujeres del Emirato nadie las defenderá, solo ellas mismas.

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