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Surgen dos grandes dudas respeto a la incesante y creciente retórica por parte de la administración Trump frente a la isla danesa de Groenlandia. La primera es cómo se bajaría Trump de ese árbol al que trepó casi hasta su cúspide dado el caso que decida no proceder con la toma. La segunda es cómo lo haría si decide proceder. Está claro que Dinamarca no vende, que Europa ha manifestado su apoyo a Copenhague, como también está claro que si Trump decide tomarse la isla por la fuerza es poco lo que puedan hacer sus socios de la OTAN para evitarlo.
Entre tanto, dentro de la población de Groenlandia, unos 60 mil, se ha incrementado el sentimiento independentista, aunque la reciente andanada de Trump los ha acercado a sus patrones daneses que por mas de 300 años han controlado ese territorio e instaurando allí los beneficios del generoso sistema de bienestar de la metrópoli. Más de la mitad de su PIB proviene de generosos subsidios daneses. La población goza de amplia autonomía y tiene la atribución constitucional de determinar en un referendo la posible separación de Dinamarca y constituirse en un Estado soberano.
Groenlandia ocupa una ubicación estratégica de importancia suma en momentos que la confrontación entre las potencias arrecia en el ártico, otrora región de cooperación. Dominar Groenlandia allana el camino al control de valiosas vías marítimas y con el deshile progresivo del territorio, hacerse a minerales raros, fuentes de pesca como reserva alimenticia y pozos submarinos de petróleo y gas.
El interés de Estados Unidos en Groenlandia no es nuevo. Ya en 1946, Washington ofreció 100 millones de dólares por la isla, oferta rechazada por Copenhague que sin embargo firmó un acuerdo de defensa mutua que le permitía a Estados Unidos mantener sus bases militares en la isla. Hoy los americanos mantienen la base aérea y espacial de Pituffik.
En su retórica Trump declara que “¿acaso Dinamarca tiene derecho a Groenlandia porque un barco atracó ahí hace 500 años?”, como si la conquista de América hubiera sido diferente. Agregó: “La isla será nuestra de una forma u otra”, negándose a descartar la opción militar, que siempre “está sobre la mesa”. La última medida anunciada por la Casa Blanca ha sido blandir su arma favorita: los aranceles a países europeos, que quizás yo no asustan tanto.
Una posible anexión de Groenlandia a Estados Unidos constituiría un terremoto geopolítico de incalculables consecuencias. La OTAN difícilmente sobreviviría el ataque de su socio más fuerte a un aliado y la Unión Europea podría desintegrarse de no actuar mancomunadamente y ejecutar las herramientas que posee tanto económicas, comerciales, sancionatorias como jurídicas, que no militares, para reversar una ocupación armada de la isla. Adicionalmente los principales países europeos querrán a toda costa evitar otro “Munich”. Si la anexión procede, Rusia y China, es sus propias esferas de influencia, recibirían en bandeja de plata patente de corso para sus pretensiones imperiales. Para Putin su asalto a Ucrania queda reivindicado en al nuevo desorden mundial.
El mundo revertiría a tiempos pasados en los que la geografía y el territorio reemplazan los valores y principios. El artículo 2 de la carta de Naciones Unidas: “Prohibición de la ocupación de territorio por la fuerza” se vuelve letra muerta, arrastrando consigo el orden mundial basado en normas creado por el mismo Estados Unidos tras la segunda guerra mundial. Diciente que la captura de Maduro y lo que pareciera una cooptación absoluta del poder y los recursos petroleros venezolanos por parte de Washington no haya tenido mayores consecuencias.
“I took Panama”, dijo el un mandatario americano en 1903. ¿Oiremos del actual inquilino de la Casa Blanca “I took Greenland”?
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