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Lo que hereda

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Marcos Peckel
27 de mayo de 2026 - 05:05 a. m.
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El próximo primero de enero asumirá su cargo el nuevo secretario o secretaria general de Naciones Unidas aterrizando en lo que el primero que ostentó el cargo, el noruego Trygve Lie, definió como “el cargo más imposible del mundo”. Y quizás mucho más imposible hoy que entonces cuando sobre las ruinas de la Segunda Guerra Mundial había cierta voluntad de construir un organismo que, agrupando a los Estados, preservara la “paz y seguridad” mundial.

La organización que hereda el sucesor de Antonio Guterres pasa por una crisis casi existencial, producto de múltiples crisis que difícilmente podrán ser todas superadas, lo cual no implica que el organismo multilateral se acabe, sino que siga navegando sin brújula, a la deriva, con un timonel a cuyos comandos la nave no responde.

Un Consejo de Seguridad paralizado, hace años incapaz de tomar decisiones sobre los temas más álgidos de su agenda, en parte por el veto de los cinco miembros permanentes, pero también por su composición. La tan cacareada posible reforma no pareciera ser la receta mágica pues al final del día Naciones Unidas no es más que la suma, o resta, de sus Estados miembros. Entretanto, la Asamblea General se convirtió en una cacofonía de egos estatales en que el sistema de un Estado, un voto sirve para negociados acerca de resoluciones que a nadie le importan y que no tienen ningún alcance.

Un mundo transformándose hacia lo incierto, un orden mundial en permanente erosión, un resurgir de las guerras entre Estados, unas instituciones internacionales que existen, pero no ejercen, un frondoso entramado de leyes y normas que todos invocan, pero muchos no cumplen. Un nuevo mundo en el que las guerras podrían ser su principal arquitecto, al igual que lo fueron la primera y segunda guerras mundiales.

Un tinglado multinivel donde los rivales en uno son aliados en otro con unas potencias emergentes que no terminan de emerger y unas grandes potencias que marcan su territorio y por ahora evitan una confrontación entre ellas. Una especie de esferas de influencia tácitamente acordadas que, tal como ocurrió tras las guerras napoleónicas, tienen fecha de vencimiento, además de vastas regiones que permanecen al margen de ellas y aún no saben con claridad dónde encajan. Un mundo que se bifurca hacia dos burbujas, una centrada en lo que queda de Occidente con un Estados Unidos poderoso pero aislacionista y otra en China/Rusia, con sistemas financieros, reglas comerciales, derechos humanos, libertades y tecnologías divergentes una de la otra. El planeta no es un caos aún, pero las placas tectónicas geopolíticas se desplazan hacia la nebulosa.

La ONU además padece de otros males: desfinanciación por el no pago de las cuotas por parte de Estados, escasez crítica de mano de obra tras reducción de una otrora inflada burocracia que afecta su capacidad operacional, una casi universal falta de credibilidad y organismos afines como el Consejo de Derechos Humanos, un absoluto desperdicio de recursos para un organismo que no tiene ningún logro su haber.

El décimo secretario general, cuyas funciones son tanto administrativas como políticas, tendrá un colosal menú con el que procurará no atragantarse. Su principal función será quizás evitar la ruptura total del sistema además de mantener líneas efectivas de comunicación con los centros reales de poder, reforzar los mecanismos de construcción y preservación de paz, evitar declaraciones que, aunque “políticamente correctas”, terminan siendo perjudiciales como varias de su locuaz predecesor y lastrar todo lo que no aporta, pero hace ruido.

Es posible que esta elección abandone el sacrosanto principio de la rotación regional (le tocaría a una muy fragmentada America Latina) y elija un candidato(a) con base en los méritos requeridos, asumiendo que tal personaje existe.

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