Oslo. Quizás Noruega es la excepción de la manida frase y en la superficie, todo lo que brilla es oro. Un país que hace décadas resolvió los problemas básicos de la población, salud y educación universales y gratuitas, Estado de bienestar recargado, primeros lugares en los rankings de Índice de desarrollo humano, coeficiente Gini, expectativa de vida y un ingreso per cápita cercano a los 70 mil dólares anuales, 10 veces el de Colombia. Dos docenas de homicidios al año, la mayoría cometidos por personas que sufren enfermedades mentales, criminalidad callejera casi inexistente, alto índice de respeto a la ley y por encima de todo una ejemplar cultura ciudadana.
El país tiene tres significativas herramientas de “softpower” -poder blando- a su disposición. Los premios Nobel, que más allá de las cualidades de los galardonados, exhiben en ocasiones un tinte político que le sirve a Oslo, especialmente los premios de paz y literatura. Las mediaciones de paz en conflictos internacionales, que, dicho sea de paso, son quizás más las que han fracasado que los que han llegado a buen puerto. Y por último sus impresionantes índices sociales.
Lo políticamente correcto se acaba en Noruega cuando se amenaza la estabilidad económica y social, por lo cual no se ha considerado abandonar, por ahora, la exploración de los vastos yacimientos petrolíferos del Mar del Norte, que constituyen la mayoría de sus ingresos y fuente del mayor fondo soberano del planeta, a ser utilizado cuando lleguen las vacas flacas. Noruega no es un país pacifista y tras ser ocupada por la Alemania Nazi, fue socio fundador de la OTAN, el servicio militar es obligatorio para hombres y mujeres, aunque ofrece variadas formas de eximirse y es uno de los mayores exportadores mundiales de armas. Una economía libre de mercado, en la que las industrias estratégicas están en manos del Estado. La política es lo que los políticos hacen de ella y en Noruega es civilizada, prevalece el péndulo entre izquierda y derecha, apretujados en el centro.
Las inclemencias del clima forjan sociedades resilientes y Noruega es una de las más. Acá todo se planea, nada se deja al azar. Hace unos años el país decidió ser potencia deportiva. En los pasados olímpicos invierno arrasaron con la medallería y en los de verano obtuvieron más medallas que nunca, sin sustancias, ni dopaje.
Un país rabiosamente nacionalista, con su propia lengua, el Norsk, su cultura, su casa real, su propia iglesia luterana y su historia de Vikingos, navegantes y conquistadores, como anclas identitarias.
Lo que no brilla. Hace una década el país fue escenario de una de las mayores masacres cometidas en territorio europeo en tiempos de paz, cuando Anders Breivik, un ultranacionalista neonazi, asesinó a 77 personas en un campamento juvenil. La ultraderecha noruega, motivada por el sentimiento anti-migrante, existe y opera en el país. El invierno noruego es frío, húmedo y oscuro.
Finalicé la lectura de esta columna consumiendo un delicioso salmón ahumado noruego.
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