La invasión lanzada por Rusia contra Ucrania ostenta un importante componente religioso, quizás no como motivante principal, sino como trasfondo de un conflicto en el que la identidad es parte esencial de las narrativas y al centro de estas, la religión, el cristianismo ortodoxo. En su discurso antecediendo a la guerra, Putin hizo alusión a la génesis del imperio ruso, nacido en Kiev cuando el príncipe Volodymir I en el siglo X adoptó el cristianismo en el entonces “Rusan Kiev” dando origen a la civilización rusa. Religión, lengua, territorio e historia, componentes de la identidad de las naciones. El gran aliado que ha encontrado Putin para transmitir a su gente el mensaje de la guerra, en ese universo paralelo de noticias falsas sobre la invasión, ha sido el primado de la iglesia ortodoxa rusa, el patriarca Kirill. Guerra santa aduce.
Por otro lado, la iglesia ortodoxa ucraniana hizo parte del patriarcado de Moscú hasta 2014, cuando, tras la revolución de Maidán y la anexión de Crimea por parte de Rusia, el patriarca ucraniano Filaret rompió con su superior en Moscú. Años después el presidente de Ucrania Petro Poroshenko solicitó afiliar la Iglesia de Ucrania al patriarcado principal de la Iglesia ortodoxa en Constantinopla, léase Estambul. Admitida la Iglesia ucraniana por parte de Bartolomeo I, Patriarca ecuménico de Constantinopla, Kirill rompió con esta una comunión de siglos. Política y religión de la mano.
Hay que recordar que el origen de la iglesia ortodoxa data del año 1054 cuando Bizancio rompe con Roma y crea su propia iglesia basada en Constantinopla, su capital. Ese primer cisma del cristianismo tiene origen más político que doctrinario. Ejemplo que emularía Enrique VIII, el primer brexit podría decirse, cuando rompe con Roma y crea la Iglesia anglicana a la cabeza de la cual esta la monarquía británica, no el clero.
La Iglesia ortodoxa rusa renació con fuerza tras el fin de la Unión Soviética, demostrando que por decreto no se puede marginar la religión de la sociedad y la política. Nada simboliza esto mejor que la reconstrucción de la fastuosa Catedral de Cristo el Salvador en Moscú, la misma que Stalin había demolido y convertido en una piscina pública. La Iglesia ortodoxa se ha convertido en herramienta de la política exterior rusa.
Los ataques verbales y físicos contra la comunidad LGBT por parte de Putin, definidos por Freedom House como “homofobia de Estado”, gozan de un incondicional apoyo de Kirill. Igualmente, cuando la fuerza aérea rusa pulverizaba Alepo en Siria, Kirill apoyó “esa guerra santa contra los infieles y terroristas musulmanes”. Clérigos rusos bendecían los misiles antes de que estos fueran lanzados contra hospitales y colegios en Siria.
Religión y guerra, unidos desde tiempo inmemoriales, incluso por estos días del secularismo supuestamente prevaleciente. Supuestamente, pues los hechos defenestran esa concepción algo maniquea. En pleno siglo XXI la religión juega su rol en las relaciones internacionales, en la política y en la guerra. Como lo ha sido siempre.
👀🌎📄 ¿Ya te enteraste de las últimas noticias en el mundo? Te invitamos a verlas en El Espectador.