Ginebra. Fue la llegada a esta ciudad del predicador y reformador protestante Juan Calvino, huyendo de su Francia natal, la que consolidó en Ginebra la Reforma, iniciada poco menos dos décadas antes por Martín Lutero. Calvino, líder de la segunda generación de reformadores, imprimió su propio sello en el ya irreversible cisma de la Iglesia Universal, desde esta ciudad a la sazón independiente, parte nominal del Sacro Imperio. Ginebra se convertiría en el bastión del protestantismo, una especie de Roma de la Reforma.
La Republica de Ginebra, establecida en 1536 por Calvino, introdujo un estricto código religioso, se creó la policía moral, consistorios que imponían duras penas a quienes violaran las reglas de conducta, entre otras la prohibición de la embriaguez, juegos de azar, prostitución y otros. La asistencia a misa los domingos era obligatoria para todos los habitantes, so pena de ser enviados a reclusorios a “pan y agua”. El calvinismo como doctrina religiosa se expandiría a los Países Bajos y derivaría en el presbiterianismo, el puritanismo y las llamadas iglesias reformadas.
El calvinismo, que estipulaba que “ser rico no es malo” y que el trabajo, la disciplina y la austeridad son los factores primarios de superación, se constituyó en el rasgo identitario de esta ciudad Estado y contribuyó al desarrollo de su célebre industria relojera, amén de otros oficios productivos. El calvinismo ha sido considerado la base doctrinal del capitalismo y, en el caso de la Confederación Helvética, serían sus principios y valores el motor del gran desarrollo industrial, farmacéutico y alimenticio de Suiza, país al que Ginera se unió como cantón independiente en 1815.
Fue en esta ciudad donde en 1863 nacía la Cruz Roja Internacional, imprimiéndole a la ciudad su carácter humanitario. La Liga de las Naciones, constituida tras la Primera Guerra Mundial en la Conferencia de París de 1919, tendría su sede en esta ciudad enclavada en la frontera de Francia.
La neutralidad de Suiza, instaurada oficialmente en el Congreso de Viena que reorganizó Europa tras las guerras napoleónicas, fue el factor decisivo en el desarrollo de Ginebra como gran centro de la diplomacia internacional.
Los Protocolos de Ginebra aquí acordados hacen referencia a las disposiciones base del derecho internacional humanitario moderno, orientadas a la protección de civiles en conflictos armados, la prohibición del uso de armas químicas y demás.
En la actualidad, Ginebra es centro mundial de diplomacia abierta y secreta, sede alterna de Naciones Unidas y alberga numerosas instituciones internacionales entre las cuales se cuentan la Organización Mundial de la Salud, la Organización Internacional del Trabajo, la Organización Mundial del Comercio, el Alto Comisionado de la ONU para los refugiados, ACNUR y varias más. Una frondosa burocracia internacional hace parte indeleble del paisaje de esta por lo tanto onerosa ciudad. Ha sido desde la Guerra Fría hasta nuestros días la sede predilecta para negociaciones de paz y acuerdos multilaterales.
Ginebra es igualmente sede del infausto Consejo de Derechos Humanos, CDH, un ente inútil, sesgado e hipócrita en el que los 47 Estados miembros negocian condenas y absoluciones a cambio de indulgencias. Una especie de circo de tres pistas en el que Israel es el protagonista central de condenas y difamaciones mientras que violadores consuetudinarios de los derechos humanos pasan de agache. Este CDH, en el que Colombia participa por primera vez desde enero del presente año, mancha el nombre de esta ciudad que ha construido su reputación sobre causas humanitarias y libertades.
Cuenta la leyenda que cuando la dinastía católica de Saboya quiso retomar Ginebra y arrebatársela a los protestantes, trataron de escalar los muros de la ciudad. Sin embargo, fracasaron en su intento, pero de ahí queda al termino “escalada”, tan de moda por estos días, en conflictos bélicos.
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