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Quizás la expresión inviable no aplica a los países, pues ahí están, aparecen en los mapas, vive gente, nacen niños, se comercia, puede que haya luz y agua, puede que no, pero países, al fin y al cabo, están. Sin embargo, hay algunos cuyo funcionamiento es tan precario, en los que la mayoría de sus habitantes solo conoce padecimientos y los ciclos de violencia y desesperanza se repiten una y otra vez, que cabe la pregunta sobre su viabilidad.
Sudán es un claro ejemplo de lo que podría definirse como un país poco viable, o para usar términos académicos, un cuasi Estado fallido, por lo menos en los parámetros que usamos en occidente para asignar moquetes.
Como en todo, la historia le pasa factura al presente. Durante la conferencia de Berlín, en la que los europeos se repartieron África, los territorios de Egipto y Sudán le correspondieron a Reino Unido, tomando en cuenta, quizás, que gran parte de la historia del antiguo Egipto transcurrió en lo que hoy es Sudán, sus habitantes y tribus compartiendo el gran río Nilo, fuente de vida y de leyendas en la región.
Tras la independencia de Egipto en 1932, el territorio de Sudan paso a ser cogobernado por el Reino Unido y Egipto, más por el primero, hasta la independencia de Sudán en 1956. La frontera entre los dos países es una línea recta pintada por algún geómetra británico y caso curioso, existe un territorio de dos mil kilómetros cuadrados, el triángulo de Bir Tawil, único pedazo de tierra en el planeta, exceptuando los polos, cuya soberanía no es reclamada por nadie. Cosas de la herencia colonial.
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El mismo día de su independencia, Sudán enfrentaba una cruenta guerra civil entre el sur cristiano-animista y negro y el norte árabe-musulmán. Esta guerra, con una corta tregua, se prolongaría hasta la independencia de Sudán del Sur en 2011, dejando unos tres millones de víctimas mortales.
Tierra de longevos dictadores, el primero Yafar Al- Numeiry y posteriormente Omar Hasan Al-Bashir, quien terminó siendo el primer Jefe de Estado acusado y requerido por la Corte Penal Internacional por crímenes de guerra y de lesa humanidad por el genocidio en Darfur.
El conflicto actual, otro más, comienza con el derrocamiento de Al-Bashir en 2019, luego de las protestas masivas de la población en un tardío coletazo de la primavera árabe. El golpe fue llevado a cabo por una alianza entre el ejército sudanés y la “Fuerza de Despliegue Rápido”, milicia heredera de los temibles Janjaweed, creados por Al-Bashir para su guerra en la región de Darfur.
Meses después, los dos generales cabezas de las dos fuerzas, Al Burham y Dagalo, se unieron para sacar a los civiles del gobierno de transición establecido tras la caída de Al-Bashir truncando el supuesto camino a una democracia representativa que el país nunca ha tenido. Sin embargo, la existencia de dos fuerzas armadas rivales en un clima de inestabilidad, descontento social, desconfianza e injerencia externa, en un enfrentamiento total que se desarrolla actualmente y cuyo resultado es incierto. En juego el control sobre un extenso país y sobre grandes recursos mineros y petroleros.
¿Viable el país? Depende desde que lado se le mire.
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