Volvió a ganar las elecciones, a pesar del desgaste tras 20 años en el poder, la disparada inflación, el colapso de la moneda, el terremoto y de una oposición unida. Recep Tayyip Erdogan gobernará la República Turca por otros cinco años, emulando las longevas dinastías de los sultanes otomanos, el sumo de los cuales, Suleimán el Magnífico, reinó por 45 años.
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En sus dos décadas en el poder, Erdogan, en cabeza del partido islamista AKP, llevó a cabo grandes transformaciones en su país, convirtiéndolo en una potencia regional y jugador diplomático de primer nivel, miembro del G20, pívot entre Europa y Medio Oriente, construyendo grandes obras de infraestructura y manejando un delicado equilibrio diplomático en diversos escenarios. Sin embargo, como sucede con líderes, que tras muchos años en el poder se llegan a considerar imprescindibles, se rodean de áulicos, cometen errores de los cuales no son conscientes o no quieren serlo, los últimos años de Erdogan han resquebrajado en algo su teflón y deshecho parte de lo logrado en sus primeros años, especialmente en la economía, hoy en cuidados intensivos.
Sin embargo, las elecciones tienen dinámica propia. Erdogan apeló al nacionalismo turco, al miedo a lo nuevo, a su amplia base islámica y su estatura internacional para “convencer” el elector que él y solo él puede gobernar Türkiye. Ayuda que como buen autócrata controle todas las palancas del poder, haya encarcelado a varios de sus opositores, cooptado los medios y cerrado varias de las vías democráticas. Al final, los resultados ni siquiera fueron tan cercanos como vaticinaban las encuestas.
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Los vaivenes en la política exterior de Turquía durante Erdogan son caso de estudio. El mayor desafío ha sido quizás Siria. Al comienzo de la guerra civil apoyó militar y logísticamente a los rebeldes, a la vez que le tocó recibir a millones de refugiados, los cuales usó cínicamente en su enfrentamiento con Europa, “abriendo el grifo” como en 2015 cuando un millón llegó al viejo continente y cerrándolo a cambio de dinero. Turquía invadió y ocupa territorio sirio-kurdo y está aparentemente a punto de volver a “abrazar” al genocida Assad, tal como lo ha hecho la Liga Árabe ante la dura realidad que el señor ganó y se quedó.
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De la política de “buenas relaciones con todos”, pasó a enfrentamientos inútiles con los países del Golfo, Israel y Egipto para terminar regresando a “buenas migas” con estos. Como miembro de la OTAN, incómodo para algunos, Turquía ha flexionado su músculo cerrándole la entrada a Suecia, por lo menos hasta que entregue a asilados kurdos. Ankara ha intervenido militarmente en Libia apoyando a uno de los bandos opuesto al que apoyan Rusia, Egipto y los Emiratos.
Sin embargo, es su relación con Putin, fortalecida tras el intento de golpe en 2016, lo que ha determinado buena parte el accionar de Erdogan, tanto a nivel interno como externo. En 2018 cambió la constitución de un régimen parlamentario a uno presidencial pleno de poderes, con él a la cabeza. En la guerra Ucrania-Rusia, Erdogan ha jugado sus cartas inteligentemente, elevado la estatura diplomática turca, apoyando militarmente a Kiev, pero sin plegarse a las sanciones a Rusia, dejándole a Moscú una amplia grieta para circunvenirlas.
Comienza la tercera década de Erdogan al poder con muchas atalayas avizorando hacia Ankara a ver con que sale el sultán Recep I.
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