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Medio año de barbarie y heroísmo

Marcos Peckel

24 de agosto de 2022 - 12:00 a. m.

Seis meses se cumplen desde que las fuerzas rusas invadieron Ucrania, con el objetivo, en palabras del mismo Putin previas a la “operación militar especial”, de borrar a ese país del mapa pues su existencia era un “mero accidente de la historia”. Una guerra de agresión de un Estado a otro, de una potencia a un país que no significaba ninguna amenaza, una guerra de esas que se pensaba ya no ocurrirían.

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Hoy en el fragor de los cañones, drones y misiles y las plantas nucleares ucranianas corriendo el riego de un Chernóbil recargado, no se vislumbra el final de esta aventura que, por donde se le mire, a Putin le salió mal. La leyenda por él proclamada, de la “unidad de los pueblos eslavos”, quedó hecha trizas con la guerra, volviendo héroes a los ucranianos que combaten en claras condiciones de inferioridad contra el todopoderoso ejército “hermano”, que podría estar sufriendo su “segundo Afganistán”.

Un factor determinante en las guerras es la moral y motivación de la tropa cuyo valor es usualmente superior al armamento. De ahí surgen lo héroes, como el presidente Zelenski y sus anónimos soldados, enfrentando lo que pareciera ser un desmoralizado ejército ruso que ha sufrido miles de victimas ocultadas por la propaganda del Kremlin. El avance ruso parece haberse estancado y los ucranianos, gracias al sofisticado armamento que están recibiendo de Estados Unidos y Europa contratacan en varios frentes incluso en Crimea.

El muy superior y devastador poder militar ruso sí ha servido para destruir ciudades enteras, infraestructura, escuelas, aeropuertos, generar desplazamientos masivos y secuestrar miles de niños, en lo que se estaría configurando, bajo la legislación internacional, como un genocidio y crímenes de guerra.

Las guerras tienen dinámica propia, y en la mayoría de lo casos sus resultados, militares, políticos y diplomáticos son muy diferentes a los que anticipaban quienes las comenzaron. Quizás Putin creyó que en pocos días tendría a Ucrania sometida y a sus líderes levantando las manos. Pocos hubieran previsto que la OTAN se fortalecería y encontraría un nuevo lugar bajo el sol o que el mundo, ese de la gente, no de los Estados, reaccionaria de la manera que lo está haciendo contra todo lo ruso. Pocos anticiparon la crisis energética y alimentaria que hoy sufre el planeta como consecuencia de la guerra. Lo que sí era previsible y así sucedió fue el fracaso absoluto del sistema internacional y sus instituciones para detener la agresión rusa, como era igualmente previsible el apoyo a Rusia de varios Estados haciendo cálculos. Si estamos ante un nuevo orden mundial, solo el tiempo lo dirá.

La incertidumbre reina sobre cuándo y cómo finalizará la guerra. Una tregua o un hongo atómico, una confrontación prolongada o una impensable victoria ucraniana; otro mes, medio año o varios años más. Lo que es certero es la barbarie del Kremlin y el heroísmo de Kiev, para lo que sea que sirven uno y otro.

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