El Medio Oriente ha sido testigo de nuevos amaneceres no necesariamente como aquellos que en la poesía auguran “perdices”. Una vez “callen los cañones” de la guerra actual surgirá sin duda un nuevo Medio Oriente sobre cuya naturaleza podemos en este momento apenas especular y que dependerá de cómo y cuándo termine la guerra, que empezó con el ataque de Estados Unidos e Israel a Irán, pero que ya se regionalizó. Las guerras se sabe cómo empiezan, pero solo cuando terminan se sabe cómo terminan, dijo Perogrullo, no antes.
El letal ataque inicial a Irán por parte de Estados Unidos e Israel descabezó la cúpula del régimen incluido al “líder supremo”, dignidad y poder máximo de la República Islámica, además de varias de las más altas autoridades del ejército, la Guardia Revolucionaria y el gobierno. Sin embargo, un régimen que ha enfrentado grandes desafíos desde el triunfo de la revolución; la guerra de ocho años con Irak y numerosas revueltas internas que ha reprimido a sangre y fuego y para el que su supervivencia es su objetivo sumo, cuenta con la estructura en pie para reemplazar a los “caídos” y los que seguirán cayendo. La asamblea de expertos un cuerpo clerical de 88 ayatolas eligió al sucesor del abatido ayatola Jamenei.
Sorprenden sobremanera los ataques iraníes a los países del golfo, incluso a Catar, su cercano aliado con el que comparte el mayor campo gasífero del planeta, pues estos habían anunciado neutralidad en caso de un ataque de Estados Unidos y se habían acercado a Teherán en los últimos meses. Por donde se le mire es un tiro por la culata que una vez más saca a relucir dos fallas identitarias regionales: Irán vs. el mundo árabe y sunitas vs. shiitas.
Para Israel la guerra representa la oportunidad tan esperada de asegurar que Irán no desarrolle armas nucleares que considera una amenaza existencial, pues los ayatolas llevan años amenazando al Estado judío con su aniquilación y atacándolo con sus proxis. Adicionalmente podrían darse desarrollos diplomáticos regionales favorables a Jerusalem tras el rompimiento entre Irán y el golfo.
En el Líbano, llegado el momento de la verdad para Hezbollah, de actuar de acuerdo con el interés de la sociedad libanesa o del régimen iraní, escogió lo segundo, arrastró al Líbano a la guerra y le dio a Israel la excusa perfecta para eliminar lo que queda del que fuese el más poderoso proxi iraní en la región, ya degradado sobremanera por Israel en 2024. El gobierno libanés rechazó los ataques de Hezbollah a Israel y anuncio el desarme definitivo de la milicia shiita. Amanecerá y veremos.
En Irán está por verse si las consecuencias de la guerra a nivel militar, genera fracturas internas con sectores del gobierno que podrían “negociar” con Washington, una especie de “Delcy Rodriguez” persa, o si el régimen finalmente colapsa bajo el peso de la derrota militar y las protestas internas, lo cual podría generar un vacío de poder que no es claro quién lo ocuparía. Podría ser la Guardia Revolucionara que posee las armas y las palancas del Estado si sobrevive unido la guerra y se hace al poder con el consentimiento del clero shiita. O el hijo del depuesto sha, Reza Pahlavi, unido con otros sectores sociales si logra crear una alternativa viable. El país también podría ser escenario de fuerzas centrífugas secesionistas baluchís, kurdos, árabes y azeríes. Todo dependerá de cuánto dure la guerra pues el tiempo no pareciera jugar a favor del régimen.
Sea cual fuere el desenlace interno, Irán queda sumamente debilitado, sin poder naval, sin las instalaciones nucleares, con su capacidad misilística disminuida y sin sus proxis que Israel degradó desde octubre 7 de 2023, incluido la caída del Bashar el Assad en Siria.
Nuevo amanecer creado por Donald Trump que será bueno para algunos y no tanto para otros.
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