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Esta será otra columna dedicada a palabras que nos han dicho que están mal, y realmente no es así.
Recuerdo que alguna vez escuché que «desapercibido» o «desapercibida» se usaba de forma incorrecta al tomarse como sinónimo de «inadvertido» o «inadvertida». Quizá se debía a las varias acepciones que tiene «apercibir», entre las cuales, por supuesto, está «advertir». Más controversial todavía podría resultar la expresión «pasar desapercibido», pero, como explica la Fundéu, «aunque tradicionalmente se consideró inapropiada por ser un galicismo, hoy en día no se censura y se considera que forma parte de la norma culta». Sin olvidar que no es el único galicismo que se nos ha colado en la lengua.
Me pareció insólita una corrección que vi en Twitter según la cual la palabra «impotable» —usada en el contexto en cuestión para referirse al agua— no existe. No quisiera fastidiar diciendo que existe por el simple hecho de que la usamos, así que, a cambio, ofrezco la confiable fórmula de citar su documentación. El Diccionario de la lengua española, por ejemplo, nos indica que se trata de algo «que no se puede beber». El de María Moliner es acaso más pragmático al decir que es «no potable», mientras que «potable» es «bebible», pero también «aceptable» (léase «pasable», por si alguna vez escucharon que alguien es «impotable»).
Por cierto, para algunos fue «impotable» que la nueva viceministra de Hacienda, María Fernanda Valdés, pusiera en su oficina el nombre de su cargo en femenino. A mí me parece que era lo mínimo.
