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No es raro leer en medios de comunicación la palabra «latente» para referirse a algo que es patente: «El riesgo de racionamiento sigue latente», «El latente conflicto armado», «De amenaza camuflada a riesgo latente». En los dos primeros casos, el adjetivo se utilizó para hablar de situaciones que eran evidentes. Primero, había un claro riesgo de racionamiento por El Niño, mientras que en el segundo caso el objetivo era demostrar que, con cientos de miles de víctimas, la guerra continúa. El último ejemplo es quizá más interesante, pues se podría estar diciendo prácticamente lo mismo, pero con distintas palabras, porque «latente», en el Diccionario de la lengua española (DLE), significa «oculto» o «escondido». Según el diccionario de María Moliner, sirve para referirse a algo que «aunque existe, no se exterioriza o manifiesta».
Sin embargo, debido al uso extendido, no es imposible que algún día su acepción cambie o se amplíe, de la misma forma que ha sucedido con palabras que solían significar todo lo contrario. Por ejemplo, la Real Academia Española reconoce que el sentido de «álgido» como algo «muy frío», aunque sigue en el diccionario, ha «desaparecido del nivel general». Hoy se usa en un sentido opuesto: para hablar de algo «crítico», según el DLE, o «... como equivalente a “culminante” o “máximo”, aplicada a cualquier clase de circunstancias, incluso a las que implican excitación o acaloramiento», a la luz del Diccionario de uso del español.
Cuéntenme para ustedes qué sentido tiene la palabra «latente».
