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La cita Biden-Petro salió bien. Y se puede afirmar así, de forma directa y sencilla, sin apelar a las variables que condicionan ese retorcido pensamiento colombiano que hoy está más presente que nunca, y que nos llevan a desconfiar incluso del sentido común, ese que indica que obviamente hay que llevar las cosas con juicio con los norteamericanos.
Como es común que en Colombia se vea el mundo en blanco y negro y con filtro de la Guerra Fría, y además nos han cambiado los códigos de lectura para entender al Gobierno, la bobada nacional habría afirmado la premisa de que Petro, “el comunista” —como le dicen en tantos círculos sociales—, sería antiimperialista.
Pues no lo está siendo. La visita a Washington, que implica por supuesto su dosis de “trámite”, ha tenido una agenda jugosa y variada. Además del medio ambiente con nombre y apellidos de selva amazónica, que ya venía abriéndose paso, apareció un asunto impensable en otros momentos, hablar de la deuda. Esa omnipresente cuenta de cobro que es la que ha permitido invertir, pero es como un collar que se carga eternamente. Petro anda por el mundo hablando de intercambiar deuda por lucha contra la deforestación y protección del pulmón del mundo. Y no les cayó mal. Hay que aceptar que es un punto coherente con su insistencia en el cambio climático.
El otro asunto, pragmático y de mucho alcance, es que consiguió meterse entre las grandes ligar al espinoso problema de Venezuela. EE. UU. al parecer ya aceptó estar en la reunión internacional que se hará mañana en Bogotá y es sabido que ese entuerto que parece interminable podría tener un nuevo momento que ojalá desencadene un ritmo de avances certeros. Si Petro se anota un punto al servir en esa misión imposible, su buena relación en la región y con EE. UU. no se autodestruirá tan fácilmente.
Claro que en la visita también volvió a salir el sirirí de las matas de coca y el narcotráfico, y que los republicanos miamenses se montaron en sus habituales estridencias discursivas; pero aun así hay una Casa Blanca parándole bolas al presidente colombiano y aceptando que sobre la mesa de los países de América Latina importan otros asuntos porque son nuevos momentos.
La Casa Blanca siempre tiene un aliado en el presidente de Colombia, cualquiera que este sea. Ese país socio en la esquina estratégica de Suramérica tiene ahora valores añadidos que EE. UU. no puede arriesgar. Ya no importa que sigamos produciendo narcos de todas las categorías que son parte del paisaje, ahora la preocupación es el paso firme que está dando China para avanzar en el tercer mundo de este lado del Atlántico.
Biden y su Departamento de Estado, incluso el de Defensa, no se dejaron asustar por Gustavo Petro. Y, a la vez, este tampoco ha ido mostrándoles los dientes. Es obvio que los “americanos” calculan y mantienen reservas sobre el desempeño del Gobierno colombiano y tienen encendidas las alertas ante la tentación del populismo que merodea en la Casa de Nariño, pero el toro lo tomaron por los cachos.
En contraste, Petro sí asusta al norte de Bogotá y a los círculos del poder y al empresariado y al sector privado; muchos se cuelgan visible la medalla del antipetrismo para subrayar que no le creen y que no votaron por él y jamás lo harían, pero respiran aliviados sabiendo que los gringos están ahí . Nada más sencillo y fácil de asimilar para el establecimiento colombiano que la venia de los herederos de los “padres fundadores”; mientras eso pase, el susto se matiza y se amparan en los valores democráticos de “the Nation” (que digamos que ya no los tienen tan claros). O sea, Petro tiene el rancho ardiendo, pero, mientras tengamos el vínculo con Washington, muchos cruzando los dedos dirán la efectista expresión de todo político norteamericano: “God bless America”.
